Canarias ha sido tradicionalmente un puente entre mundos, un cruce de mares, lenguas y culturas. Un lugar donde la geografía define el destino y el destino define la historia. Hoy ese puente es también un símbolo de una de las vergüenzas más profundas de nuestra Europa: la gestión de la inmigración. La visita del Papa León XIV a las islas —por primera vez en la historia— pone de manifiesto algo que no deberíamos seguir ignorando: la tragedia humana que atraviesa nuestro modelo de convivencia y nuestra responsabilidad moral colectiva.
En el muelle de Arguineguín, donde el pontífice ha clamado que “la dignidad humana no tiene pasaporte”, no se trata solo de cifras, sino de cuerpos que cruzan océanos en condiciones inhumanas, de niños que se juegan la vida en pateras, de madres que abrazan a sus hijos con miedo y esperanza.
Canarias vive una de las rutas migratorias más peligrosas del mundo. El archipiélago, por su proximidad geográfica a la costa africana, recibe un flujo constante de vidas humanas que huyen de la guerra, la pobreza, la injusticia. La presencia de familias, mujeres y menores en esta travesía señala una migración cada vez más diversa y compleja, que no encaja en discursos simplistas.
El drama detrás del símbolo
No es solo la presencia del Papa lo que transforma esta visita en histórica, sino lo que ha elegido señalar. Arguineguín y el centro de acogida de Las Raíces son signos de una Europa que ha preferido tratar la migración como problema administrativo antes que como urgencia humanitaria.
Allí las organizaciones sociales —como Accem, que gestiona Las Raíces— han señalado que esta visita implica visibilizar la vulnerabilidad extrema de quienes han dejado todo atrás y han arriesgado sus vidas en la ruta atlántica por falta de vías legales y seguras.
Historias como la de Djigui, un joven llegado desde Mali tras cuatro días de travesía en un pequeño bote, nos recuerdan que cada llegada es una vida única, con un pasado de dolor y un futuro incierto, y no un dato estadístico más. Siete años después de su llegada, Djigui destaca la importancia de que se hable de estas historias para que el mundo entienda lo que muchas personas viven en silencio.
Entre la acogida y la exclusión
La respuesta de la sociedad canaria y de muchas organizaciones sigue siendo heroica y generosa, reflejando una tradición de solidaridad que no debería ser una excepción, sino una norma. Pero este puente de las islas es un espejo de contradicciones. Europa, con sus políticas fronterizas restrictivas, ha optado por externalizar el problema, blindar sus costas y dejar la carga de la llegada humana a las puertas del continente, donde las instituciones están desbordadas y las redes de tráfico humano proliferan en ausencia de alternativas seguras.
El poeta Juan Ramón Jiménez, nacido en Moguer pero profundamente arraigado en la conciencia humana, escribió: “España es un barco que se hunde por proa y no por popa”. Quizá hoy podríamos reformular esa metáfora para decir que Europa está fallando en su proa más vulnerable: la frontera humana, no solo la territorial. Y esta falla no es solo de España o de las islas: es colectiva, de una idea de comunidad que aún no ha aprendido a definir quiénes son nosotros.
¿Un puente o una barrera?
No es sólo una cuestión de cifras —dramáticas, si se consideran las decenas de miles que han llegado y los cientos de muertos en el mar en los últimos años— sino de humanidad. El Papa no viaja a Canarias para ser mero personaje ceremonial. Su discurso es claro: habla de dignidad, justicia, responsabilidad compartida. Y de cómo nuestras políticas y nuestra retórica maquillan las realidades de la infra humanidad, que se salen del argumentario-ideario de lo conveniente.
En el arte, en la literatura, en la música, hay testimonios que nos alertan desde hace décadas sobre la tragedia de las fronteras invisibles que hemos erigido. El escritor africano Chinua Achebe dijo una vez que si el león no cuenta su propia historia, el cazador lo hará por él. Si no contamos las historias de quienes atraviesan mares de incertidumbre, otros lo harán desde narrativas que deshumanizan y estigmatizan.
De la compasión a la acción
La visita del Papa es un momento de reflexión. Y una llamada a la acción. Si algo nos enseña la historia es que los mensajes de dignidad humana deben traducirse en políticas que ofrezcan vías legales, oportunidades de integración y protección efectiva para quienes arriesgan sus vidas en nombre de la esperanza.
Desde este puente que une África y Europa, teatro de tragedias, no solo debemos preguntarnos cómo gestionar la inmigración, sino cómo definimos nuestra propia humanidad. Teniendo en cuenta que nadie. NADIE. Nace de un vientre libre de inmigración.
