La vida de Brian y el imposible de la vivienda

Manifestaciones por el derecho a la vivienda se suceden por toda España, en Madrid, en Barcelona, en Málaga, en Las Palmas de Gran Canaria, la última este sábado en La Laguna, en la que por cierto estuve y no estuve, pero de eso ya hablaré luego. El problema de la vivienda hace tiempo que es la madre de todos los problemas a este lado del mundo. La situación no se sostiene por más tiempo, ya no caben más diagnósticos. Y es que a estas alturas, en Canarias y por extensión en España entera el problema está sobradamente estudiado. Las causas ya nos las conocemos todos: el crecimiento descontrolado del alquiler vacacional, la escasez de vivienda pública, la falta de obra nueva por los encarecimientos sobrevenidos, la especulación inmobiliaria, la gentrificación, el rentismo, la entrada de fondos de inversión, los bajos salarios, la creciente demanda de compradores extranjeros con mayor poder adquisitivo, el aumento desmesurado de la demanda total por el incremento de la población en zonas turísticas, la existencia de miles de viviendas vacías sin fiscalizar, la falta de políticas eficaces por parte de muchas comunidades autónomas y una legislación estatal que tampoco ha conseguido generar la seguridad jurídica ni los incentivos necesarios para movilizar vivienda hacia el alquiler residencial, llámenlo asequible o como quieran. 

Es así. El diagnóstico está más que hecho. Hasta tal punto lo sabemos que yo no sé a ustedes, pero a mí me resulta casi ridículo ver cómo se siguen organizando congresos, mesas redondas, estudios universitarios o informes institucionales para hablar del problema y darle vueltas a lo que está ocurriendo, para terminar diciéndonos que la vivienda se ha convertido en un activo financiero. Menudo descubrimiento hombre.

Y es que de tanto saber también conocemos, con mayor o menor consenso, las medidas que habrían de tomarse. Nosotros en nuestro colectivo por ejemplo, llevamos años jugando a este estúpido juego de creernos más listos que nadie sacando medidas, contramedidas, informes y soluciones de todo tipo, imaginando que nos van a hacer caso por mucha razón o lógica que pongamos. La última propuesta de este tipo de empezar la casa por el tejado, es la del Sindicato de Inquilinas de Tenerife convocante de la manifestación de este sábado. Ellas apuntan a 13 medidas muy por el estilo de las nuestras. Y sí, está muy bien lo de apostar por construir un gran parque público de vivienda, limitar la especulación y el lucro excesivo, regular determinados mercados y precios del alquiler, gravar fiscalmente la vivienda vacía, y una tasa turística, o apostar por cooperativas de cesión de uso y otros modelos más sociales, y restringir el uso turístico, primar el uso social de la vivienda, buscar contrapesos y mayores garantías jurídicas y en último caso hasta facilitar expropiaciones de uso cuando exista un interés social evidente. Todo muy bonito, muy democrático, muy sostenible y de justicia social. Pero... ¿acaso nadie se ha dado cuenta? 

¿No ven que la mayoría de medidas pasan por intervenir un mercado incapaz de garantizar este derecho básico? Y aquí aparece el verdadero problema: ¿quién le pone el cascabel al gato? Porque no podemos ser ingenuos: casi todas las medidas necesarias implican una mayor intervención pública, y poner límites al mercado, y decirle al propietario que no puede hacer lo que le dé la gana con un bien cuya escasez condiciona la vida de toda una sociedad, hasta acabar asumiendo todos que la propiedad privada, como reconoce incluso nuestra Constitución, tiene una función social prevalente. 

Y digo que no podemos ser ingenuos porque el clima y el devenir de la política española van exactamente en la dirección contraria. Las derechas y ultraderechas, los nacionalistas conservadores de todas las Comunidades y hasta el mismo PSOE de Sánchez rechazan cualquier intervención seria en el mercado de la vivienda porque la consideran un ataque a la sacrosanta propiedad privada. Y ya lo saben: cualquier política de este tipo es de bolcheviques, de rojos asquerosos, de chavistas, de perroflautas o de anarquistas de lo peor, piensan sus señorías. Y más allá de la política casi es peor, porque todo el mundo tiene a un rentista conservador en la cabeza cuando hablamos de vivienda. Así que olvídense, no hay nada que hacer, el capitalismo está impreso a fuego en el alma de la mayoría de los españolitos como si fuera una religión. Así es, al menos en este país. Otra cosa es lo que hay o se ha hecho en otros países europeos muy capitalistas, donde no son tan estúpidos como para no darse cuenta que sin vivienda para la gente no hay futuro. Ya el remate es pensar que esta dinámica reaccionaria y antisocial puede cambiar en un futuro próximo, con el PP y Vox esperando a la vuelta de la esquina para gobernar también en Madrid y hacer casi total su hegemonía en España.  

Y aquí es donde viene la segunda parte de esta historia: los pocos que sí vemos y creemos que estas otras formas de hacer política son posibles y necesarias, estamos haciendo el tonto recreando una versión más de "La vida de Brian". ¿Recuerdan la película? Los Monty Python se inventaron una comedia sobre la Judea ocupada por los romanos, que en realidad era una sátira feroz sobre las izquierdas revolucionarias incapaces de ponerse de acuerdo ni siquiera cuando todos comparten el mismo enemigo. El Frente Popular de Judea, el Frente Judaico Popular o la Unión Popular de Judea son aquí los Drago, Sumar, Podemos, Sí se Puede, Más Canarias, Primero Canarias, Nueva Canarias, Izquierda Unida Canaria, Liberación Canaria, el PCPC, Reunir y otros tantos, con sus correspondientes réplicas en otras Comunidades Autónomas. Todos convencidos de tener la verdad absoluta, todos dedicando más tiempo a diferenciarse entre cada uno que a buscar alianzas para enfrentarse al poder establecido. Han pasado casi cincuenta años desde el estreno de la película y parece escrita para describir las políticas canaria y española de hoy.

Porque, seamos sinceros: ¿qué han hecho las izquierdas alternativas durante la última década? Dividirse, subdividirse, enfrentarse, traicionarse,  pisarse, mentirse, utilizarse, expulsarse, refundarse y volver a dividirse, para acabar compitiendo entre sí por un espacio político cada vez más pequeño, prometiendo ser ellos los auténticos representantes del cambio, mientras la derecha y su mutación ultra avanzan con una cohesión muy superior haciéndose con casi todos los gobiernos. 

Pero ojo, porque el dislate en Canarias resulta aún más llamativo y pernicioso por las condiciones especiales que aquí tenemos. La Ley Electoral por ejemplo, es más restrictiva y antidemocrática que en el resto de CCAA, y cuando las barreras electorales son tan altas la división hace casi imposible llegar al Parlamento. Por no hablar de lo bien que funcionan aquí las redes clientelares de los partidos históricos o el poder que tienen los caciques locales y los de las islas menores sobrerrepresentadas en votos. Y si nos vamos más al detalle vemos cómo el proyecto más publicitado y mediático resulta ser el Drago de Alberto Rodríguez, uno que nació con la promesa de construir una alternativa canaria propia, y ha terminado compitiendo por el mismo reducido espacio político que ya ocupaban otras organizaciones, dividiendo más que uniendo, para acabar en su última versión incorporando discursos sobre la "prioridad nacional" de fuerzas de signo ideológico muy distinto y sonar con posibles entendimientos con fuerzas como Primero Canarias o incluso Coalición Canaria. Con Podemos, Izquierda Unida o Sumar proyectando desde Madrid una imagen de desconexión respecto a la realidad canaria, y Nueva Canarias, otrora referencia del nacionalismo progresista en Gran Canaria, hoy en franco retroceso.

Totalmente desalentador, sin duda. Y el panorama no es mejor entre los colectivos sociales, igualmente divididos, enfrentados o enemistados, sobre todo en Tenerife. Por poner un ejemplo nosotros mismos, en la Asamblea Reivindicativa Canaria - ARCAN, antes la Acampada Reivindicativa Lolo Dorta, antes la Plataforma por la Dignidad o la 29E: por alguna extraña razón desde hace muchos años hemos tenido a media isla de Tenerife en contra desde los colectivos sociales, quizá porque no nací en Canarias, o porque trabajé en la Guardia Civil, o porque hacemos muchas cosas y dicen que queremos protagonismo, y últimamente también porque nos hemos conformado en organización política, aunque nada que ver con un partido. Por eso comentaba al principio que estuve en la manifestación de La Laguna y no estuve al mismo tiempo. Estuvimos con ARCAN apoyando el manifiesto y la iniciativa como nos solicitaron en el Sindicato de Inquilinas, pero no estuve en persona por no recibir la hipocresía y el desprecio habitual de tantos activistas y algunos medios, también y especialmente desde el SIT, con el que más unidos deberíamos estar como referentes sociales por el derecho a la vivienda que somos. Pero lamentablemente ellas nunca han querido. Y tres cuartos de lo mismo nos ha pasado con la lucha ecologista por la defensa del territorio que iniciamos en Cuna del Alma hace algo más de un año, pese a los resultados y el trabajo tampoco nos quieren, aunque ahí la división ya estaba antes de llegar nosotros, tristemente.  

En resumen, gente pequeña creyéndose grande, encantadas todas de haberse conocido, haciendo del estar, ser activista social o miembro de un partido la esencia y el objetivo, por figurar o por ostentar un minúsculo espacio de poder y un minuto de protagonismo, aunque la mejora real y el cambio social sean cero. Y entre tanto la vivienda continúa desapareciendo como derecho básico, arruinando el futuro de unas cuantas generaciones y de toda una comunidad, a la espera de que decidamos algún día quién era el auténtico Frente Popular de Judea, cuando ya no haya nada que salvar.