Renfe abre la puerta a los perros. A algunos humanos todavía no
Este martes 21 de julio, coincidiendo con el Día del Perro, Renfe estrena una de esas medidas que parecen de sentido común y que, precisamente por eso, acaban generando un debate monumental. A partir de ahora, los perros de hasta 40 kilos podrán viajar en un vagón específico, el llamado Dog Friendly.
La noticia ha sido recibida con entusiasmo por miles de familias que conviven con un perro. Porque sí, para mucha gente un perro no es un capricho, ni un accesorio. Es un miembro más de la familia. Y poder viajar con él sin tener que dejarlo en casa o buscar alternativas es, sencillamente, una buena noticia.
Hasta aquí, todo perfecto.
El problema llega cuando uno empieza a leer la letra pequeña.
Porque mientras Renfe presume de ser más pet friendly, sigue dejando fuera a los perros catalogados como potencialmente peligrosos. Tampoco podrán viajar las perras en celo ni los cachorros. Una decisión que cuesta entender. Se supone que la normativa pretende facilitar la movilidad con animales, pero establece exclusiones que parecen responder más al miedo o a los prejuicios que a criterios técnicos o al asesoramiento de profesionales del comportamiento animal.
Y luego está el precio.
El suplemento asciende a 40 euros por perro.
Cuarenta.
Una cantidad que chirría bastante cuando hay billetes entre Madrid y Toledo, Madrid y Ciudad Real o incluso Madrid y Barcelona que, dependiendo de la fecha, pueden costar menos que el propio suplemento del animal. Resulta curioso que transportar un perro llegue a costar más que transportar a una persona.
Eso sí, el suplemento incluye un kit compuesto por una funda para el asiento y otra para el suelo, con el objetivo de evitar que los pelos queden repartidos por el vagón. Una medida lógica para mantener la limpieza y facilitar la convivencia.
Aunque, curiosamente, la polémica no ha tardado en aparecer.
Como siempre.
Han salido los alérgicos.
Porque parece que cada vez que un perro entra en un espacio público, automáticamente aparecen cientos de personas asegurando que su salud corre peligro. Evidentemente, las alergias existen y deben respetarse. Lo que también sería razonable es exigir el mismo rigor al acreditarlas que el que se exige a quienes viajan con sus animales. Porque muchas veces el debate se llena de opiniones, pero muy pocos certificados médicos aparecen encima de la mesa.
Y mientras media España discute sobre los perros...
Nadie habla de los humanos.
De ese pasajero que decide quitarse los zapatos nada más sentarse y convertir el vagón en un gimnasio de calcetines.
Del que utiliza el asiento de enfrente como reposapiés porque está vacío.
Del grupo que se pasa medio viaje gritándose de punta a punta del vagón como si estuvieran separados por kilómetros.
O de esos olores que, siendo sinceros, en algunos trayectos hacen que el supuesto problema del perro parezca una broma.
Quizá antes de preocuparnos tanto por un animal educado que viaja junto a su dueño, deberíamos empezar a poner ciertos límites a algunas conductas humanas que llevan años molestando al resto de pasajeros y que parecen completamente normalizadas.
Pero todavía hay otro detalle que deja la normativa coja.
¿Qué ocurre si el tren sufre una avería y Renfe organiza un traslado en autobús?
Pues que los perros no podrán subir.
Y ahí llega la gran pregunta que muchos propietarios ya se están haciendo: si el tren se avería por una circunstancia completamente ajena al viajero, ¿quién paga el taxi? ¿Quién asume el coste de buscar una alternativa? Porque lo lógico sería que todos los pasajeros, incluidos los perros que viajaban legalmente en ese tren, pudieran continuar el trayecto en el transporte alternativo que ofrece la propia compañía.
No parece una petición descabellada.
En definitiva, la nueva normativa supone un avance. Nos acerca a lo que desde hace años ya ocurre en buena parte de Europa y reconoce una realidad social evidente: cada vez más personas quieren compartir sus viajes con sus animales.
Pero también demuestra que todavía queda camino por recorrer.
Porque legislar a base de excepciones, restricciones y soluciones a medias suele generar más dudas que certezas.
Las normas que afectan a los animales deberían construirse escuchando a veterinarios, etólogos y profesionales del bienestar animal, no respondiendo a prejuicios o a decisiones improvisadas.
Mientras tanto, el perro podrá viajar con su funda para el asiento.
Ahora solo falta que algunos pasajeros aprendan a viajar con un poco más de educación.
Eso sí que sería una revolución.