Reflexiones sobre la búsqueda de Boro en Adamuz
La desaparición del perro Boro y su posterior reencuentro han generado un intenso debate en redes sociales. Sin embargo, resulta preocupante que la conversación pública se haya centrado en cuestionar la búsqueda de un animal, cuando el verdadero foco debería situarse en las causas del suceso que originó esta tragedia y en sus consecuencias humanas: 45 vidas perdidas.
Llama la atención que sean pocas las voces que se detengan a analizar por qué ocurrió el desastre y qué medidas pueden adoptarse para evitar que vuelva a repetirse. En lugar de buscar responsabilidades o soluciones, una parte de la opinión pública ha preferido desviar la atención hacia la búsqueda de un perro, como si ese fuera el problema. Pero ¿no sería más sensato preguntarnos cómo se pudo prevenir lo ocurrido y qué fallos permitieron que sucediera?
La seguridad de las personas y de los animales debería ser siempre una prioridad. Boro no es un capricho ni una anécdota: es un ser vivo que merece protección y respeto. Además, conviene recordar que su búsqueda no fue un acto aislado ni sentimentalista, sino parte de la localización de pasajeros desaparecidos. Su familia había pagado su billete en Renfe; por tanto, Boro era, legalmente, un pasajero más.
Otro aspecto que merece reconocimiento es el papel de los voluntarios. Muchos de quienes participaron en su búsqueda lo hicieron de forma desinteresada, invirtiendo tiempo, esfuerzo y recursos sin esperar nada a cambio. Esa solidaridad debería ser motivo de aplauso, no de burla. Cada persona es libre de decidir en qué emplea su tiempo y su energía, y buscar a un ser querido —sea humano o animal— no debería ser objeto de desprecio.
Además, la búsqueda tuvo una consecuencia inesperada y reveladora: la aparición de una perrita abandonada, embarazada y a su suerte. Este hecho nos obliga a reflexionar sobre la realidad del abandono animal y sobre la urgencia de políticas efectivas de protección. Las calles siguen siendo el destino de miles de animales invisibles para muchos.
Tal vez ha llegado el momento de replantearnos nuestras prioridades como sociedad. Defender la vida, la seguridad y la dignidad —humana y animal— debería estar por encima del juicio fácil desde una pantalla. Criticar es sencillo; trabajar por evitar tragedias futuras, no tanto.
Vivimos en un país que a menudo prefiere la polémica al compromiso. Nadie cuestiona que un perro pueda pagar un billete sin ocupar asiento ni que genere beneficios económicos, pero sí se cuestiona que se movilicen recursos para encontrarlo. Una contradicción que dice mucho de nuestra escala de valores.
En España, los animales siguen siendo tratados con frecuencia como artículos de lujo: con impuestos elevados y derechos limitados, incluso cuando cumplen funciones sociales esenciales. Quizá deberíamos empezar a considerar a quienes ayudan, acompañan o sirven —como ocurrió en Adamuz— no como un problema, sino como ejemplos de entrega y valentía. Tal vez no baste con permitirles viajar: tal vez merezcan reconocimiento.
Porque el debate no es si había que buscar a Boro. El debate es por qué seguimos llegando tarde a las tragedias y por qué nos cuesta tanto aprender de ellas.