El olvido institucional de los perros policía y de rescate en España
La dignidad de un país también se mide por cómo trata a quienes sirven sin pedir nada a cambio. Y pocas figuras representan mejor esa entrega silenciosa que los perros de las unidades caninas de las fuerzas y cuerpos de seguridad. Animales entrenados para detectar explosivos, localizar grandes cantidades de droga, rescatar personas atrapadas bajo escombros o encontrar cadáveres en situaciones extremas. Animales que trabajan hasta el agotamiento, sin ego, sin ideología y sin reclamar reconocimiento.
Sentado frente a medios de comunicación internacionales, uno no puede evitar sentir una mezcla de admiración y vergüenza. Admiración al leer noticias llegadas desde Brasil sobre perros policía capaces de localizar cargamentos millonarios de cocaína y otras sustancias ilegales, convirtiéndose en protagonistas mediáticos por su eficacia y profesionalidad. Vergüenza al comprobar que, en España, seguimos sin valorar a nuestras unidades caninas con la misma intensidad ni con el mismo respeto institucional.
Mientras en otros países los perros policía reciben medallas, homenajes públicos e incluso funerales de honor, aquí todavía cuesta reconocer el trabajo de unos animales que arriesgan su vida cada día. Perros que entran antes que los agentes en lugares peligrosos, que soportan temperaturas extremas, estrés continuo y jornadas agotadoras. Y detrás de ellos, profesionales anónimos —guías, veterinarios, entrenadores y agentes— cuya dedicación rara vez ocupa titulares.
Resulta especialmente doloroso recordar tragedias recientes, como el accidente ferroviario de este año, donde perros de rescate participaron en la búsqueda de personas con vida y también en la localización de cadáveres. Trabajaron entre el caos, el dolor y el barro. ¿Cuántos homenajes públicos recibieron? ¿Cuántas condecoraciones se entregaron a esos animales que hicieron posible aliviar el sufrimiento de tantas familias? Muy pocas, o ninguna.
La contradicción española es todavía más dura cuando observamos determinadas decisiones políticas y administrativas. Un país que presume de bienestar animal mientras reduce recursos básicos destinados a los perros de servicio. Un país donde algunas instalaciones y perreras vinculadas a servicios públicos continúan en condiciones indignas, impropias de una democracia avanzada y absolutamente inaceptables en muchos estados de la Unión Europea. En otros lugares, situaciones semejantes provocarían investigaciones, dimisiones y un escándalo político inmediato.
Y mientras tanto, se aprueban leyes de bienestar animal que, paradójicamente, dejan fuera o apenas protegen a los animales que más sirven a la sociedad. Perros que trabajan para detectar droga en aeropuertos, impedir atentados, encontrar desaparecidos o salvar vidas tras una catástrofe. Es una paradoja difícil de explicar: protegemos más el discurso que a los propios animales.
Hay una frase internacional muy repetida entre cuerpos policiales y unidades de rescate: “Not all heroes walk on two legs”. No todos los héroes caminan sobre dos piernas. Y es verdad. Porque muchos llevan arnés, hocico cansado y una lealtad imposible de comprar.
Otra sentencia habitual en el ámbito del rescate afirma: “A dog is the only being on earth that loves you more than he loves himself”. Un perro es el único ser en la Tierra que te ama más de lo que se ama a sí mismo. Tal vez por eso aceptan entrar donde nadie quiere hacerlo.
España necesita revisar urgentemente cómo trata a sus unidades caninas. No basta con utilizarlas; hay que dignificarlas. Eso implica mejores recursos, instalaciones adecuadas, atención veterinaria garantizada, jubilaciones dignas y reconocimiento público real. También implica respeto hacia los agentes que conviven y trabajan con ellos cada día.
Porque la grandeza de una sociedad no se demuestra únicamente en sus discursos institucionales, sino en cómo responde ante quienes sirven en silencio. Y pocos servidores hay más leales, más eficaces y más nobles que estos perros que trabajan para protegernos.