El cambio no desaparece porque nos quejemos

Cada vez escucho más críticas hacia las personas que utilizan inteligencia artificial para escribir, crear contenido o trabajar. Se dice que todo se parece, que se está perdiendo autenticidad o que cualquiera puede parecer ahora un experto.

Puede que parte de esas críticas esté justificada. No todo lo que se publica tiene calidad y utilizar una herramienta no convierte automáticamente a nadie en profesional. Pero hay algo que me llama más la atención: muchas veces, detrás de esa crítica no aparece ninguna propuesta. Solo rechazo.

Y cuando únicamente nos quejamos de un cambio, corremos el riesgo de estar intentando defender el mundo tal como era, no de comprender el mundo tal como está empezando a ser.

No es algo nuevo. Ocurrió con internet, con los teléfonos móviles, con las redes sociales, con las compras por internet o con las aplicaciones bancarias. Al principio, muchas personas las rechazaron. Algunas por prudencia, otras por desconocimiento y otras porque sentían que amenazaban una forma de hacer las cosas que dominaban.

También sucede en situaciones más cotidianas.

Cambian el funcionamiento de una gestión administrativa y nos enfadamos porque ahora hay que hacerla por internet. Aparece una nueva forma de comunicarnos y nos quejamos porque antes todo era más personal. Nuestros hijos utilizan herramientas que no entendemos y concluimos que están perdiendo capacidades.

En ocasiones tendremos razón. No todos los cambios son positivos ni todo lo nuevo es necesariamente mejor. Pero rechazar un cambio no hace que desaparezca.

Gestionar el cambio no significa aceptarlo todo sin pensar. Significa observarlo, comprenderlo y decidir cómo queremos relacionarnos con él.

Ahí aparece el autoliderazgo.

Podemos quedarnos durante meses diciendo que algo no debería estar ocurriendo. O podemos preguntarnos qué necesitamos aprender para manejarnos mejor en esa nueva realidad. Podemos criticar a quienes utilizan una herramienta. O podemos conocerla, entender sus posibilidades, descubrir sus limitaciones y decidir cómo utilizarla sin perder nuestro criterio.

Quejarse puede ser necesario. Nos ayuda a expresar incomodidad, desacuerdo o preocupación. El problema aparece cuando convertimos la queja en nuestro lugar permanente.

Porque mientras unas personas siguen explicando por qué el cambio no les gusta, otras empiezan a formarse, a probar, a equivocarse y a desarrollar nuevas habilidades.

No se trata de correr detrás de cada novedad. Se trata de no quedarnos inmóviles esperando que el mundo vuelva a ser como antes.

Los cambios importantes suelen generar primero rechazo, después dudas y, finalmente, aprendizaje. Pero no todas las personas recorren ese camino. Algunas se quedan atrapadas en la primera fase, defendiendo su forma de hacer las cosas y cuestionando a quienes avanzan de otra manera.

El riesgo no es que llegue el cambio. El riesgo es negarnos a aprender cuando el cambio ya está aquí.

Podemos criticar la inteligencia artificial, las redes sociales, las nuevas formas de estudiar o cualquier transformación que nos incomode. Pero después de la crítica debería venir una pregunta:

¿Qué puedo hacer yo para adaptarme, proteger lo que considero importante y seguir avanzando?

Esa pregunta nos devuelve la capacidad de actuar.

Quejarse es humano. Adaptarse requiere esfuerzo. Pero crecer empieza precisamente ahí: cuando dejamos de utilizar la queja para justificar nuestra resistencia y comenzamos a convertirla en una decisión.