Vergüenza y responsabilidad colectiva

Acabo de leer un libro, un ensayo, Lo intolerable (2026) de Enrique Díaz Álvarez un escritor y profesor de Pensamiento Político Contemporáneo en la UNAM, Universidad Nacional Autónoma de México y se me quedaron grabadas en  el cuerpo las emociones de la repulsión y la vergüenza ante la crueldad de nuestros días. Tiene un capítulo titulado como el título de este artículo, en el que me basaré fundamentalmente, aunque incorporaré otros hechos y otras reflexiones.  

Bajo el ruido crispado de la actualidad, hay una estrategia precisa de acostumbrarnos a convivir con lo intolerable. La violencia, los genocidios, la xenofobia y el racismo se extienden sin escrúpulos entre nosotros, sin que aparentemente nos produzcan especial respuesta.

Vamos a verlo. Dos de septiembre de 2015, Playa de Ali Hoca Burnu, Turquía. Aylan Kurdi ha sido arrojado por el mar a la costa, cual si fuera una simple alga. Está boca-abajo, inmóvil. Pantalón corto azul, camisa roja. Zapatos bien puestos. Parte de su rostro está enterrado en la arena. Las olas van y vienen, cercan su figura. Es una imagen insoportable. Giramos la cabeza. Algo afecta a nuestro propio cuerpo, o debería. Es como un puñetazo en el estómago. Ese niño de tres años es todos los niños que conocemos. Podría serlo, nuestro hijo, nuestro nieto, nuestro sobrino, nuestro vecino. No lo es, porque han tenido la suerte de nacer en España.

Uno pide que alguien- el policía turco que lo observa o la persona que dispara la cámara- lo levante inmediatamente en brazos. Uno espera que despierte y respire. La fotógrafa, la reportera gráfica turca Nilüfer Demir, que tomó aquella imagen cuenta que se le heló la sangre, al verlo tumbado en la orilla del mar. Supo que era tarde y decidió registrar lo que veía y conseguir que su grito retumbase en todo el mundo. Ese grito tuvo un efecto inmediato, aunque poco perdurable en el tiempo. Ese cuerpo nos puso ante la mayor crisis migratoria desde la Segunda Guerra Mundial. Miles de refugiados sirios llevaban meses perdiendo la vida al intentar poner un pie en Europa, en la civilizada Europa, en la Europa de la solidaridad, en la Europa de los derechos humanos. Tuvo que ser la imagen de Aylan Kurdi para despertar nuestra conciencia. Una imagen puede producir un gran impacto emocional. Hay suficientes ejemplos de este hecho.

La fotografía de Aylan Kurdi no es la primera fotografía que interpela a miles de personas y genera conocimientos de conflictos que pasan a centenares de kilómetros de donde estamos. Ya en 1972, el fotógrafo Nick Ut capturó la imagen de una niña desnuda, corriendo ante el bombardeo de su aldea con bombas napalm en el sur de Vietnam.

Otra de las imágenes que se convirtió en leyenda fue la de la niña afgana Sharbat Gula, fotografiada por Steve McCurry en 1984, en el campamento de refugiados Nasir Bagh de Pakistán durante la guerra contra la invasión soviética. A más de 30 años de su publicación sigue siendo una de las más famosas portadas de National Geographic y puso en consideración mundial el conflicto en Afganistán.

Y allá por 1993 fue Kevin Carter quien capturó la imagen de una niña en Sudan siendo asechada por un buitre, ganando no sólo un Pulitzer, sino también, la atención internacional sobre los problemas en el corazón del continente africano.

Volviendo a la fotografía de Aylan Kurdi, el giro del discurso fue notable. Al día siguiente, los diarios ingleses publicaron en sus portadas la foto de Aylan Kurdi con titulares como: “El hijo de alguien”, Una pequeña víctima de una catástrofe humana” o “INTOLERABLE” con mayúsculas. Poco después, Ángela Merkel declaró que esta crisis nos concernía a todos y admitió la entrada de más de un millón de refugiados en Alemania. La UE siguió sus pasos: estableció un corredor humanitario y planteó la necesidad de fijar cuotas entre sus miembros para relocalizar y acoger  a los migrantes varados en Grecia y en otros lugares del Mediterráneo. En cuestión de semanas las ONG que trabajaban con migrantes recibían donaciones nunca vistas. No pasó mucho tiempo antes que unos iluminados bautizaran su barco de rescate en honor del niño sirio. Ese torrente de humanidad alcanzó hasta The Sun: el periódico sensacionalista pasó de describir a los migrantes como “cucarachas” a lanzar, en primera página, la campaña “For Aylan”.

Existe una industria entera especializada en lucrarse con la desgracia ajena y el lavado de conciencia. Esa avalancha de sentimentalismo resultó volátil, por no decir hipócrita y oportunista. Un año después, el flamante corredor humanitario que atravesaba Europa estaba cerrado, con lo que miles de refugiados y solicitantes de asilo sirios quedaron atrapados en una serie de campamentos improvisados en las islas griegas.  La Unión Europea firmó un acuerdo con Turquía para devolver a este país a todo aquel migrante que llegara irregularmente a las costas del Egeo. Resulta irrelevante que tales procedimientos violaran los derechos humanos de los refugiados. Ya estamos asistiendo hoy al endurecimiento de las políticas migratorias en la UE. Todas las fuerzas políticas han asumido el discurso de la extrema derecha, que también lo asumen gran parte de la sociedad.

Transcurridos casi 12 años del naufragio de Aylan Kurdi parece que no hemos aprendido nada. Cómo nos hemos podido acostumbrar a que muchos niños mueran todos los días en el Mediterráneo y en el Atlántico.  Cabe pensar que esta insensibilidad se explica por la adaptación sensorial. Es evidente que la exposición constante a imágenes y noticias  atroces termina por ampliar nuestro umbral de tolerancia hasta  la indiferencia más irresponsable. Debemos recuperar esa responsabilidad hacia el otro si nos queda algo de humanidad, para ello debemos hacer un esfuerzo para pensar e imaginar  con todo el cuerpo las condiciones objetivas y subjetivas que expulsan a los migrantes. Esta responsabilidad está ligada al vínculo que nos ata a otros seres humanos y a sus destinos. Debemos alejarnos del racionalismo excluyente y prestar atención a la generación de afectos capaces de sacudir nuestra indolencia frente a la desigualdad y la injusticia. Este giro afectivo de la ética no desprecia la capacidad de ciertos relatos que nos desvelan que nuestra existencia está inexorablemente entrelazada con personas que no conocemos y de las que, sin embargo, nos aprovechamos con un individualismo descarnado. Esa responsabilidad hacia el otro resulta harto complicado hoy, ya que el neoliberalismo nos ha impuesto un individualismo insolidario. Tal lamentable circunstancia la explica  El triunfo del yopitalismo un artículo publicado en la Revista argentina Anfibia, por  Omar Rincón, el cual es profesor asociado de la Universidad de los Andes (Colombia), director de la maestría en periodismo de la misma universidad y analista de medios del diario El Tiempo. Ese concepto de yopitalismo  me parece extraordinariamente ingenioso. Está formado por la palabra yo y capitalismo, que sirve para explicar que las redes digitales y el neoliberalismo han diluido la colectividad. Se caracteriza por un individualismo radical. La cultura actual gira en torno a la vanidad, la hiperexposición del yo y el espectáculo individual. Yo, yo, yo y solo yo.  Todo se mide en clics: el éxito individual y el valor personal se mide bajo las métricas de monetización del capitalismo digital. Obviamente en este contexto la responsabilidad colectiva hacia el otro es una quimera.

Debemos interiorizar que los seres humanos somos interdependientes. Nuestra autonomía no debe desestimar nuestro carácter relacional y afectivo. No es altruismo ni buenismo, sino la responsabilidad colectiva a la que se refirió Hannah Arendt. Esta nos enseña que dicha responsabilidad es siempre política, por cuanto implica reconocer que formamos parte de un grupo, comunidad o nación y somos responsables de lo que se hace en nuestro nombre. A diferencia del sentimiento de culpa, que es una carga estrictamente personal, esta responsabilidad tiene como correlato asumir las consecuencias de actos que no cometimos personalmente, pero que nos incumben como miembros de un entramado social.

Arendt acaba con las dudas de una manera contundente, mientras que resulta bastante ridículo sentir culpa y perder el sueño  por un acto que uno no ha cometido, si podemos sentirnos responsables –y por ello nos pueden pedir cuentas- por cosas que han ocurrido sin que participáramos activamente en ellas. La razón de todo ello es que cada uno de nosotros es responsable de lo que lleva a cabo la comunidad política a la que pertenece. Especialmente quienes vivimos bajo gobiernos pretendidamente democráticos. No podemos permanecer impasibles ante determinadas políticas antiinmigración de nuestros gobiernos. Podemos deslegitimarlas vía movimientos sociales y con nuestro voto en las elecciones. Está en nuestras manos.

Como estamos constatando en Europa y América se está implantando un discurso antiinmigrante pleno de mentiras e hipérboles: se culpa a los inmigrantes de la falta de empleo, de la inseguridad, de la crisis de la vivienda y de la saturación de los servicios públicos, de la sanidad y la educación y las ayudas sociales. Ante nosotros, esos fanáticos del odio han colonizado el drama y han impuesto sus metáforas: Invasión, Avalancha, Hordas. Estas parábolas no son inocentes. El neofascismo no ahorra palabras  ni imágenes para producir entre la ciudadanía una sensación de alarma permanente que sirva para justificar la militarización de las fronteras.

Incluso la proliferación de fotografías intolerables como la Aylan Kurdi se han utilizado para desinformar y servir a la agenda de la extrema derecha. Hay toda una iconografía  dramática que sirve para la migración funciona muy bien para los profetas del apocalipsis: pateras llenas naufragios frente a las costas, jóvenes en el techo de un tren que atraviesa México, muchos tratando de asaltar una valla en Melilla. Son imágenes impactantes que, fuera de contexto y sin explicación alguna proyectan una sensación de asedio, lo cual hace inevitable la militarización de las fronteras y el endurecimiento de las leyes antiinmigratorias.

Por ello, se hace necesario contrarrestar esas imágenes y esos relatos manipulados. Hacerlo con investigaciones y relatos que expongan las condiciones objetivas y subjetivas que hay detrás de la migración.  Explicar las razones de su decisión, el enorme costo físico y psicológico que pagan los que migran para mantener un buen nivel de vida de otros.  Hay que hacer una apuesta política par construir relatos e imágenes que nos lleven a sentir repugnancia frente al racismo y xenofobia que difunde la extrema derecha. Es muy importante una exigencia ético-política para convertirnos en personas intolerantes y alérgicas a la deshumanización que nos quieren imponer desde la extrema derecha y que está expandiéndose como una auténtica plaga en buena parte de la sociedad europea y española. Más de la mitad de los españoles están de acuerdo con “la prioridad nacional”, y que refrendan con sus votos en las distintas elecciones autonómicas, y que, de no cambiar, acontecerá lo mismo según los sondeos  electorales en las nacionales.

Por ello vienen bien estos relatos para contrarrestar los de la extrema derecha. No vienen a saquear, invadir o colonizar; están viniendo en busca de humanidad porque en su tierra arrasaron con todo. Ya decía el escritor portugués José Saramago que “el desplazamiento del sur al norte es inevitable; no valdrán alambradas, muros ni deportaciones: vendrán por millones. Europa será conquistada por los hambrientos. Vienen buscando lo que les robamos. No hay retorno para ellos porque proceden de una hambruna de siglos y vienen rastreando el olor de la pitanza. El reparto está cada vez más cerca. Las trompetas han empezado a sonar. El odio está servido.”

Aminata Traoré, ex ministra de Cultura y ex candidata a la Presidencia de Malí, en su libro El imaginario africano violadola mirada del Otro, es decir, de Occidente, en una posición siempre dominante, desde la esclavitud, la colonización: no le gustas a Occidente y te lo hace saber y de esta forma se ataca a la imagen que los negros tenemos de nosotros mismosEl africano interioriza esa mirada y, progresivamente, aspira a ser y a vivir como los blancos: nuestras ciudades, nuestras casas, nuestros decorados, nuestras vidas son con frecuencia pálidas copias de modelos occidentales. La África que defiende Aminata empieza, por tanto, por la descolonización de las mentes, su advenimiento es una condición previa para la participación de África en el orden del mundo sobre bases distintas que las de la subordinación y la simulación. Amargamente el éxodo africano, nos dice Aminata, es ejemplo de desestructuración y de desmantelamiento de las economías africanas. España conoce la humillación ligada a la emigración, que nadie sale por placer. Vamos a Occidente porque ya no tenemos posibilidad de vivir dignamente. La reproducción social peligra. Los brazos se van, los cerebros, y los que han estudiado en el Norte no quieren volver. Pero, a la vez de esta fuga de jóvenesOccidente nos manda a miles de europeos por el canal de la cooperación, médicos, maestros o ingenieros, que están 20 veces mejor pagados que los africanos si aceptaran trabajar en sus propios países.

Opina Aminata que Europa debe mucho más África que a la inversa. Es una deuda histórica. Para construir Europa, Europa fue primero a la conquista del mundo. El comercio global no es cosa de hoy. Ya entonces se les metió en la cabeza que los pueblos, tanto los de América del Sur como de África, eran pueblos sin historia ni cultura y que disponían de riquezas a las cuales no daban valor, como el oro. Todos los países que participaron en la esclavitud tienen una deuda con los africanos porque les arrebataron a sus hijos y se los llevaron a América. Fue el comercio triangular el que echó las bases de la industrialización. Nosotros no les hemos colonizado, son ustedes los que han ido a buscar riqueza a nuestra tierra. Pero ustedes vinieron primero y entraron en nuestra casa ilícitamente. ¿Cómo cambiar esta situación? Hay que mirar al sur. Nos dice, Aminata, que de momento está situación es irreversible. Nos obligan a endeudarnos y nos dicen qué debemos cultivar, como el algodón en Mali, que luego no nos compran o lo hacen a precios irrisorios. De ahí sobreviene la deuda que se produce cuando un país no puede comprar con sus divisas y necesita dólares para subsistir. Cuando las administraciones coloniales abandonaron África, nos hicieron creer que la única forma de desarrollo posible era producir para la exportación. Pero las potencias dejaron de comprar nuestros productos a un precio justo. Durante una época sí lo hicieron, y por eso un país como Costa de Marfil pudo conocer el desarrollo y una cierta prosperidad. Con la nueva situación nos vemos obligados a pedir préstamos a los mismos que nos vendían fábricas obsoletas a sabiendas de que dentro de pocos años no encontraremos repuestos. No eran los africanos los que iban en busca de dinero, sino los vendedores de dinero los que llegaban con sus ’cheques en blanco’. Así nos hicieron tres veces dependientes: de los capitales, de la tecnología y de los expertos. Y con la crisis de los países latinoamericanos, en los 80 la deuda entra en la danza de unas políticas impuestas a todos los países. Los llamados ’programas de reajuste estructural’, que consisten en decirnos: «Vuestro nivel de independencia ya no os permite seguir haciendo esto. Vamos a explicaros lo que hay que hacer». A partir de este momento, invertir en el ser humano se volvió secundario y África quedó arrinconada.

Ante los discursos xenófobos de la extrema derecha viene bien recordar a Primo Levi, que nos describe la expresión de los primeros soldados rusos que llegaron a Auschwitz para liberarlos. Eran cuatro jóvenes a caballo. Avanzaban con cautela, metralleta en mano. Al llegar a la alambrada, se detienen a mirar con un extraño embarazo a los cadáveres, las ruinas, los pocos supervivientes. No los saludaban ni les sonreían: “parecían oprimidos, más aún que por la compasión por una timidez confusa que le sellaba la boca y les clavaba la mirada sobre aquel espectáculo funesto”. Levi y sus compañeros de encierro conocían bien esa clase de vergüenza, la habían experimentado ellos mismos; es la vergüenza que invade el cuerpo, la que se siente “ante la culpa cometida por el otro” y “pesa por su misma existencia”. Lo repite todo el tiempo: cuando fue liberado lo que dominaba era la “vergüenza del mundo”, “la vergüenza de ser un hombre”. Y ese sentimiento de vergüenza lo debemos tener ante acciones, cada vez más extendidas en nuestras sociedades, de xenofobia y racismo.

Mas la realidad es la que es. Ahora mismo se están produciendo bombardeos en Oriente Medio. En nuestra civilizada y cristiana España se sigue estigmatizando al inmigrante con el beneplácito de nuestra sociedad. Siguen llegando cayucos y pateras a nuestras costas, en las que pronto nos bañaremos, con niños ahogados como Aylan Kurdi.

Por lo expuesto yo siento vergüenza del ser humano, como también el filósofo E. M. Cioran que así nos describía: “animal constantemente insatisfecho”, “animal que ha traicionado sus orígenes”, “animal desgraciado”,“animal insomne”,“animal explotador”, “único animal que ha esclavizado a sus semejantes”, “animal exiliado en la existencia”, “animal indirecto”, “animal demasiado orgulloso”, “animal que puede sufrir por lo que no es”, “animal charlatán”, “animal de deseos retardados”, “gorila que perdió sus pelos y los reemplazó por ideales”, “animal metafísico”, “traidor a la zoología” “animal descarriado”,“animal trastornado”, “animal pernicioso y fétido”, “animal cismático”, “animal acerbo”, “animal que se odia y se ama hasta el vicio”,“animal vertical”, “mono ocupado”, “animal enfermizo” y “producto de la enfermedad”, “mono que va a la oficina”,“animal arrogante”,“animal conquistador”, “depredador coronado como rey de la tierra”.