Solo el culpable teme la libertad de expresión, ya que le saca de su oculto es­condrijo

Del extraordinario libro de Andrew Doyle, "La libertad de expresión y por qué es tan importante” me ha impresionado lo que describo a continuación.

En su ensayo "Looking Back on the Spanish War" (Mirando hacia atrás en la guerra española), George Orwell imaginaba "un mundo de pesadilla donde el Líder (pueden servir de ejemplo Hitler, Stalin o Franco…), o alguna camarilla gobernante, controla no solo el futuro sino también el pasado. Si el Líder dice que este o aquel acontecimiento "nunca sucedió", pues nunca ocurrió. (Por ejemplo, según la dictadura franquista no hubo golpe militar) Si dice "dos y dos son cinco. Pues dos más dos son cinco. Esa posibilidad me asusta mucho más que las bombas". Obligar a los ciudadanos a decir mentiras como si fueran verdad es una forma de control psicológico común a todas las dictaduras. Como argumentaba Spinoza, que un hombre se vea obligado a hablar conforme a los dictados de un poder supremo es una gravísima contravención de su "inalienable derecho natural" a ser "dueño de sus propios pensamientos".

Una aclaración sobre la frase anteriormente mencionada "esa posibilidad me asusta mucho más que las bombas". George Orwell en su novela distópica "1984, el Ministerio de la Verdad”, -un órgano del Ingsoc, el "partido gobernante"- proclama reiteradamente eslóganes contradictorios: "la guerra es paz", "la libertad es esclavitud" y "la ignorancia es fuerza". En su diario, Winston Smith (es un personaje ficticio y protagonista de la novela 1984, el Ministerio de la Verdad escribe: "La libertad es la libertad de decir que dos más dos son cuatro. Si se admite esto, todo lo demás llega por descontado". Al final de la novela, su resolución se ha visto completamente mermada por las torturas, y Smith acaba escribiendo inconscientemente la ecuación "2 + 2 = 5" con el dedo en una mesa cubierta de polvo.

Y acierta de pleno George Orwell. Defender la libertad de expresión puede acarrear gravísimas secuelas a lo largo de la historia. Ejemplos son abundantes. No obstante, me referiré a algunos del siglo XX en Alemania y en nuestra querida España. Terminaré recurriendo al mundo clásico.

En la Bebeltplatz, una plaza bellísima de Berlín, hay una placa con una cita de Heinrich Heine: "Donde se queman libros, se acabará quemando también a las personas". Se trata de un fragmento de Almanzor, una tragedia de 1821 sobre el terrible caudillo andalusí, pero que es muy apropiada para describir los hechos ocurridos el 10 de mayo de 1933 en esta Bebelplatz, donde tuvo lugar una tragedia, la más terrible quema de libros realizada por los nazis, aunque no fue la primera ni sería la última, de hecho, ese mismo día los nazis destruyeron análogamente otros libros en otras plazas del III Reich. La Asociación de Estudiantes Alemana, a instancia de Goebbels, planificó y llevó a cabo la quema de unos 20.000 libros de “espíritu antialemán”, más o menos la misma cantidad que cabría en las estanterías vacías de la Bebelplatz, entre los que había obras de Marx, Proust o Remarque. Algunos libros provenían de la vecina Universidad Humboldt, entonces aún llamada Universidad Friedrich Wilhelm, muchos del Instituto de Investigación Sexual de Berlín u otras asociaciones, así como de bibliotecas privadas. Y antes de echarlos al fuego, se les leía en voz alta el veredicto, el motivo de la censura, como si los libros pudieran escuchar; por ejemplo, del creador del psicoanálisis se dijo lo siguiente: “Contra la exageración de los impulsos inconscientes basada en un análisis destructivo de la psique, y a favor de la nobleza del alma humana, entrego a las llamas las obras de Sigmund Freud”. En el centro de la plaza se puede ver una losa de cristal que cubre una estantería vacía, un monumento diseñado por Milcham Ullman en memoria de la quema de libros de 1933. El tamaño de la estantería es el que debían ocupar los libros quemados aquella trágica noche.

Y en nuestra querida España hubo numerosos seguidores, los golpistas del 18 de julio, de estos comportamientos de los nazis de quema de libros. En la introducción del libro “Enseñar Historia con una Guerra Civil por medio” (1999) Josep Fontana nos dice: “Vivimos en tiempos de revisionismo en que se pretende sostener que en la contienda civil española ambos bandos fueron igualmente culpables y que la sublevación militar de julio de 1936 fue una consecuencia inevitable de los errores y abusos del régimen republicano. Pienso, por el contrario, que un análisis de lo realizado por cada uno de los dos bandos muestra que les movían razones muy distintas. Y que es imposible entender lo que significó la Segunda República Española, y los motivos por los que la combatieron los sublevados de 1936, si se pasan por alto diferencias tan fundamentales como ésta: la República construyó escuelas, creó bibliotecas y formó maestros; el «régimen del 18 de julio» se dedicó desde el primer momento a cerrar escuelas, quemar libros y asesinar maestros”.

El mismo Fontana en su artículo Los historiadores son gente peligrosa. La interferencia de los políticos en la enseñanza y divulgación de la Historia (2009) nos dice que, en una de las primeras listas de depuraciones de bibliotecas de la etapa franquista, la de Valladolid de 1937, se prohibían Baroja, Blasco Ibáñez, las poesías de Espronceda, Goethe, Kant, la Carmen de Merimée, Gabriel Miró, Pardo Bazán, Pérez Galdós incluyendo algunos Episodios Nacionales, la Celestina, las fábulas de Lafontaine, el Libro de Buen Amor, Valera, Valle Inclán, etc. Claro que esto era siempre mejor que la quema de los libros de las bibliotecas municipales creadas por la república, que se practicó sistemáticamente. El Ideal Gallego de 19 de agosto de 1936 decía: “a orillas del mar, para que el mar se lleve los restos de tanta podredumbre y de tanta miseria, la Falange está quemando montones de libros y folletos”. Las quemas fueron generales y contaron con apoyos intelectuales como el del rector de la Universidad de Zaragoza, Gonzalo Calamita, que en el número 3 del Boletín de Educación publicó un artículo con el título de “¡El peor estupefaciente!” que contenía su aportación como científico a la campaña depuradora: “el fuego purificador es la medida radical contra la materialidad del libro”.

Por último, recurro al mundo clásico. Las Cartas de Catón (Cato's Letters) unos ensayos de los escritores británicos John Trenchard y Thomas Gordon, publicados desde 1720 hasta 1723 bajo el seudónimo de Catón (95-46 a.C), el enemigo implacable de Julio César y gran defensor de los principios republicanos. Tales Cartas ejercieron una gran influencia en la Revolución Francesa y en la Independencia de los Estados Unidos. El texto que transcribo a continuación pertenece a la Carta 15 titulada Sobre la libertad de expresión que resulta inseparable de la libertad pública. Es de plena actualidad y de gran enjundia.

“Solo el culpable teme la libertad de expresión, ya que le saca de su oculto es­condrijo y pone de manifiesto a la luz del día su horror y deformidad. Horacio, Valerio, Cincinato y otros magistrados virtuosos y honestos de la república romana no tuvieron nada que temer de la libertad de palabra. Cuanto más re­sulta examinada su administración honesta, más brilla y gana.

En cambio, todos los magistrados en la antigua Roma que fueron opresores o que intentaron comportarse como tales fueron enérgicos en sus quejas contra la libertad de expresión y la de publicación, y las restringieron o se encaminaron siempre a limitarlas. Como consecuencia de ello tuvieron escritores intimidados, les cas­tigaron con violencia y contra el Derecho y quemaron sus trabajos. Con todo lo cual mostraron cuánto de cierto había en lo que les alarmaba, y cuán enemi­gos de la verdad eran ellos mismos”.