La socialdemocracia como único antídoto hoy contra la incertidumbre y el miedo
Hay historiadores que dejan una huella imborrable, como Josep Fontana o Tony Judt. Los he citado con asiduidad en mis artículos. De ellos siempre he aprendido y me han dado una visión más amplia de los acontecimientos actuales. Muy comprometidos, al estar impregnados de profundos valores éticos. Hoy me referiré a Tony Judt, desaparecido en agosto de 2010 con 62 años, víctima de la brutal esclerosis lateral amiotrófica (ELA). Mi primer conocimiento de su obra fue el libro Sobre el olvidado siglo XX, en el que denuncia nuestra entrada engreída en el nuevo milenio, olvidando de dónde venimos y la falta de compromiso de los intelectuales. Tanto me impactó que ya anduve presto para leer cualquier publicación suya. Luego disfruté con su monumental obra Postguerra. Una historia de Europa desde 1945, la mejor historia de la segunda mitad del siglo XX de nuestro continente. Proseguí con un librito Algo va mal, del que hablaré luego y donde al final expondré la tesis de este artículo. Cuando la enfermedad ya le impedía moverse, Judt dictaba sus libros a colegas. Así con la ayuda de Timothy Snyder publicó Pensar el siglo XX, un libro autobiográfico publicado dos años después de su muerte.
Su comportamiento como historiador y como persona está impregnado de sentido ético, como he comentado ya. Vamos a verlo. Para ello me basaré en un artículo suyo titulado El país (Israel) que no quería crecer. A Tony Judt, de familia judía, se le encargó un ensayo por el diario liberal israelí Ha’aretz para una edición especial por el 58 aniversario de la fundación del país en 1948, publicado en 2006. Su contenido produjo una previsible avalancha de respuestas furibundas, poco dispuestas a soportar cualquier crítica a Israel sobre sus políticas. La mayoría de las respuestas histéricas provenían de los Estados Unidos. En cambio, las reacciones israelíes, tanto las críticas como las de apoyo, fueron más mesuradas.
Ayudó a promover la migración de los judíos británicos a Israel. Cuando Nasser expulsó a las tropas de la ONU en el Sinaí en 1967, e Israel se movilizó para la guerra, como muchos judíos europeos, se ofreció a sustituir a los miembros del kibutz, que habían sido llamados a filas. Durante y después de la Guerra de los Seis Días, trabajó como conductor y traductor del Ejército de Israel. Tras la guerra, comenzó a pensar que la empresa sionista comenzaba a desmoronarse. De todos modos, su paso por el sionismo le dio la fuerza moral para poder decir lo que pensaba años después.
Antes de 1967, Israel, un país pequeño y sitiado, no fue particularmente odiado, al menos no en Occidente. El bloque comunista soviético fue antisionista, pero por eso Israel fue bastante bien visto por todos los demás, entre ellos los izquierdistas no comunistas. La imagen romántica de los kibutz ejerció gran atracción en el extranjero en las dos primeras décadas de su existencia. La mayoría de sus admiradores (judíos y no judíos) veían en el Estado judío la encarnación del último sobreviviente del idílico socialismo agrario del siglo XIX, «capaz de hacer florecer el desierto».
Tras la guerra de 1967, y durante un tiempo, estos sentimientos se mantuvieron. El entusiasmo propalestino de los grupos radicales y los movimientos nacionalistas posteriores a la década del 60 se compensó por el creciente reconocimiento internacional del Holocausto en la educación y los medios. Lo que perdía por su ocupación de territorios árabes lo ganaba por la memoria del Holocausto. Ni los asentamientos ilegales y la invasión del Líbano fueron suficientes para modificar significativamente la opinión internacional. A inicios de los noventa, la mayoría de la población mundial estaba muy poco informada de lo que estaba ocurriendo allí. Los que denunciaban el caso palestino en los foros internacionales no eran escuchados. Israel aún podía actuar a su antojo.
Pero hoy todo ha cambiado –está hablando de 2006–. La victoria de Israel de 1967 y la ocupación de los territorios conquistados le han supuesto: una catástrofe política y moral. Sus acciones en la margen occidental y en Gaza están ahí: toques de queda, puestos de control, humillaciones públicas, destrucción de viviendas, tomas de tierras, «asesinatos selectivos», el muro de separación. Hoy pueden ser vistas por millones de personas. La percepción internacional de Israel es otra. Esa imagen de una sociedad ultramoderna se ha venido abajo ¿Qué sucede hoy? ¿Cuál es el símbolo universal que identifica a Israel y se reproduce en todo el mundo en miles de editoriales periodísticos y caricaturas políticas? La estrella de David estampada sobre un tanque. Símbolo más valido hoy, si tenemos en cuenta los recientes acontecimientos en Gaza por parte del Israel de Netanyahu.
Retorno al comentario de sus libros. Algo va mal publicado en 2010, lo he leído en múltiples ocasiones, y lo sigo haciendo, ya que es una fuente inagotable de reflexiones sobre la dramática y, de momento, irreversible situación actual. Han pasado ya 15 años, mas si era de plena vigencia en el 2010, hoy en el 2026, es más todavía. Por ello, lo he recomendado a mis alumnos de 4º de la ESO y de 1º de Bachiller en Historia del Mundo Contemporáneo. Realiza un análisis muy certero de lo que nos está pasando, explica sus causas, y nos da una vía de salida de este auténtico infierno. La solución es la socialdemócrata, alejada de la práctica política de los actuales partidos socialistas, que precisamente en esta injustificada renuncia radican muchos de nuestros males. Sólo me referiré a algunos fragmentos, que por su calado podemos intuir la trascendencia de esta obra. Hay en estos momentos alguna excepción a esa renuncia a los principios de la socialdemocracia. El actual gobierno presidido por Sánchez es claramente socialdemócrata. Ya en los Agradecimientos del libro, Tony Judt expresa lo siguiente, que como padre y educador me estremeció: Mis hijos, Daniel y Nicholas, son adolescentes con vidas ajetreadas. Sin embargo, han encontrado tiempo para hablar conmigo sobre los muchos temas de estas páginas. De hecho, gracias a nuestras conversaciones me di cuenta de lo mucho que a la juventud de hoy le preocupa el mundo que le hemos legado– y los medios tan inadecuados que les hemos proporcionado para mejorarlo-. Más adelante nos dirá que durante 30 años ha oído a los universitarios quejarse: “Para ustedes fue fácil: su generación tenía ideales e ideas, creía en algo, podía cambiar las cosas”. Nosotros, los hijos de los 80, 90 o 2000 no tenemos nada.” No les falta razón. Los jóvenes están desorientados no por falta de objetivos, están ansiosos y preocupados por el mundo que van a heredar; de ahí una gran frustración: “Nosotros sabemos que algo está mal y muchas cosas no nos gustan. Pero, ¿en qué podemos creer? ¿Qué debemos hacer?” Esta actitud es el reverso de la de la generación anterior. Nosotros, los que rondamos los 60, en nuestra juventud sabíamos cómo arreglar el mundo. Otra cosa es que lo consiguiéramos.
En el primer capítulo, Cómo vivimos ahora, sus características son: un aumento desde los 70 de la desigualdad, un expansión de los sentimientos corruptos, ya que idolatramos a los ricos y poderosos; y el dominio del economicismo. En el segundo, El mundo que hemos perdido, nos advierte que hemos tirado por la borda: el consenso keynesiano, el mercado regulado, y la confianza mutua, sin la que no puede funcionar una sociedad. En el tercero, La insoportable levedad de la política, denuncia el culto injustificado a lo privado y el déficit democrático. En el cuarto, ¿Adiós a todo esto?, reflexiona sobre el desconcierto que supuso para la izquierda la caída del socialismo real. En el quinto, ¿Qué hacer?, nos advierte de la necesidad de la disconformidad, de una conversación pública renovada y de una nuevo relato moral. En el sexto, ¿Qué nos reserva el porvenir?, en este mundo globalizado que nos impone un miedo aterrador- de ahí la necesidad de una socialdemocracia como antídoto contra el miedo-, se hace necesario repensar el papel del Estado, ya que es una institución que nos puede defender de las fuerzas desbocadas de los mercados. En el último, ¿Qué pervive y qué ha muerto de la socialdemocracia?, defiende su vigencia. El pasado tiene mucho que enseñarnos. No deberíamos olvidar que la socialdemocracia junto con la democracia cristiana después de la II Guerra Mundial, para evitar la repetición de los desastres del periodo de entreguerras se construyó el Estado de bienestar en Europa occidental. Con un impuesto progresivo todos los ciudadanos desde la cuna a la sepultura accedieron a servicios básicos fundamentales, que por sí solos no podrían alcanzar. Estado de bienestar que no ha perdido ni un ápice de popularidad entre la ciudadanía: en ningún país de Europa el electorado ha votado a favor de acabar con la sanidad o la educación públicas. Pero la socialdemocracia no debería contentarse solo con defender estas conquistas, debería ir más allá con un proyecto más amplio. Está a la defensiva. Parece que no tiene un sentido de lo que significaría su propio éxito político, si un día lo alcanzase; no tiene una visión articulada de una sociedad mejor para el futuro. Al faltar esa visión, ser socialdemócrata no es más que un estado de protesta permanente. Y como contra lo que más protesta son los desastres provocados por el cambio rápido, la socialdemocracia se ha vuelto conservadora.
Insistiendo en esta idea de una socialdemocracia contra el miedo, quiero fijarme en una conferencia de Tony Judt impartida en la New York University de 2009 ¿Qué está vivo y qué ha muerto en la socialdemocracia? Nos advirtió: “Si la socialdemocracia tiene un futuro, será como una socialdemocracia del miedo. En lugar de tratar de restaurar un lenguaje del progreso optimista, debemos familiarizarnos de nuevo con nuestro pasado reciente”. Acertó, porque recurrir a la idea de progreso, si observamos la historia reciente y el mundo actual, es improcedente. En 1991, Cristopher Lasch en El verdadero y único cielo hizo un ataque frontal contra uno de los pilares básicos de la izquierda, la idea de progreso. ¿Cómo era posible la persistencia de la fe en el progreso en personas serias con un siglo XX lleno de calamidades? Si el progreso perdía su núcleo ético y normativo para la izquierda, ¿cómo era posible que tal ideología política pudiera sobrevivir? Tal denuncia era relevante, ya que apuntaba al corazón de la identidad de la izquierda. A conclusiones parecidas, aunque no asimilables a las de Lasch en el ámbito político, llegaron otros 2 autores. Beck en el libro de 1986 La sociedad del riesgo, señaló que en nuestro mundo, construido en torno al dogma de la seguridad tecnológicamente garantizada, los riesgos a nuestra existencia, y sobre todo su percepción, han aumentado de modo inquietante; y en buena parte esto es fruto directo de la actividad humana, en particular de la tecnología construida para garantizarle un mayor control de la naturaleza; para producir esa seguridad que está cada vez más amenazada. Era otro golpe mortal a la idea de progreso. Giddens en Más allá de la izquierda y de la derecha de 1994, pone en duda la idea de que el desarrollo histórico, gracias a la disponibilidad de recursos y a la creciente posibilidad humana de controlar las fuerzas de la naturaleza, pueda avanzar de lo peor a lo mejor. Es más, el mundo actual está lleno de incertidumbres y de dificultades, además imprevisible. En definitiva que la idea de progreso no puede mantener sus promesas, que no existe ningún paraíso en la tierra, como mantuvo la izquierda. Por ello, resulta comprensible que Judt para potenciar el papel político de la socialdemocracia, hoy en retroceso, recurra al miedo, ya que de seguir su marginalidad tendría que surgir en una ciudadanía concienciada. Como historiador recurre a las enseñanzas del siglo XX, que las hemos olvidado. Nos dice que estamos inmersos en una nueva era de inseguridad, de incertidumbre y de miedo. La última de estas la analizó magistralmente Keynes en Las consecuencias económicas de la paz (1919). Después de décadas de prosperidad y progreso en la época anterior a 1914, merced a la globalización económica, con un comercio internacionalizado, nadie esperaba que esto pudiera finalizar dramáticamente. Mas, sucedió, con la llegada de los fascismos, la depresión de los años 30 y la Segunda Guerra Mundial. Nosotros también hemos vivido una era de estabilidad y seguridad, y la ilusión de una mejora económica indefinida. Los Treinta Años Gloriosos (1945-1973). Todo esto ha quedado también atrás. En el futuro previsible tendremos inseguridad económica e incertidumbre cultural, menos confianza en nuestros objetivos colectivos, en nuestro bienestar ambiental o en nuestra seguridad personal-de ahí el miedo- que en cualquier momento desde la Segunda Guerra Mundial. No tenemos idea del mundo que heredarán nuestros hijos. Debemos volver a las formas en que la generación de nuestros abuelos respondió a desafíos y amenazas similares. La socialdemocracia en Europa, la New Deal y la Great Society en USA fueron respuestas explícitas a las inseguridades y desigualdades de la época. “A lo único que debemos tener miedo es al miedo mismo" (o "the only thing we have to fear is fear itself") fue pronunciada por el presidente de EE. UU. Franklin D. Roosevelt el 4 de marzo de 1933. Esta frase célebre, emitida durante su primer discurso de toma de posesión, buscaba infundir valor y resiliencia ante la crisis económica de la Gran Depresión. Pocos en Occidente por su edad pueden saber lo que significa observar cómo un mundo se desmorona; ni concebir una ruptura completa de las instituciones liberales, una desintegración del consenso democrático. Pero fue esta ruptura de la que nació el consenso keynesiano y el compromiso socialdemócrata: con los que crecimos y cuyo atractivo se oscureció por su propio éxito.
La primera tarea de la socialdemocracia de hoy es recordar sus éxitos del siglo XX, y las posibles consecuencias de desmantelarlos. La izquierda tiene cosas que conservar. Es la derecha la que ha heredado el ambicioso afán modernista de destruir. Los socialdemócratas, modestos en estilo y ambición, han de hablar con más firmeza de las ganancias anteriores: el Estado de servicios sociales, la construcción de un sector público con servicios que promueven nuestra identidad colectiva, la institución del welfare como una cuestión de derecho y su provisión como un deber social. No son logros menores.
Que estos éxitos fueran incompletos, no nos debería preocupar. Si hemos aprendido algo del siglo XX, al menos debería ser que cuanto más perfecta es la respuesta, más terribles son sus consecuencias. Lo mejor a lo que podemos aspirar es a corregir unas circunstancias imperfectas, que ya es bastante. Otros han destrozado estas mejoras: esto nos debería irritar mucho más. También nos debería preocupar, aunque sólo sea por prudencia: ¿Por qué hemos derribado tan pronto los diques trabajosamente construidos por nuestros predecesores? ¿Tan seguros estábamos de que no se avecinaban inundaciones?
Una socialdemocracia como antídoto contra el miedo es algo por lo que vale la pena luchar. Abandonar los trabajos de un siglo es traicionar a los que nos precedieron y a las generaciones futuras. La socialdemocracia no representa el futuro ideal ni el pasado ideal. Pero de las opciones disponibles hoy, es la mejor. En palabras de Orwell, cuando reflejaba en Homenaje a Cataluña sus experiencias en la Barcelona revolucionaria:
“Hubo muchas cosas que yo no entendía, en algunos aspectos ni tan sólo me gustaban, pero reconocí inmediatamente que era un estado de cosas vale la pena luchar “.
Creo que esto no es menos cierto en cuanto a recuperar la memoria del siglo XX, de la socialdemocracia.