¿Qué es la opinión pública?

¿Qué es la opinión pública? Lejos de considerarla una suma de opiniones individuales que se encuentran en el mismo nivel, Bourdieu afirmaba -de forma un tanto provocadora- que “la opinión pública no existe”. Con esta aseveración, el sociólogo quiso evidenciar el carácter construido de ésta como un conjunto de opiniones “constituidas, de grupos de presión movilizados en torno a un sistema de intereses explícitamente formulados. Cuando Bourdieu hablaba de opinión pública se estaba refiriendo a la conformada a través de encuestas de opinión, ya que estas se encuentran manipuladas por grupos de poder para defender determinadas opciones políticas.

Admitidas las teorías elitistas de la comunicación, si queremos defender y potenciar la democracia se debería alcanzar una previa democratización en el ámbito de quiénes tienen la capacidad de definir esa opinión pública. ¿Quiénes tienen esa capacidad citada? Cada vez más las fronteras de los medios son actualmente más imprecisas que nunca y no es casual que empresas del mundo de la energía, del ámbito inmobiliario, las finanzas o la telefonía y otras actividades controlan amplios sectores de la comunicación. Todas ellas tienen un vínculo en común: el pleno convencimiento de que la información es poder, un poder que implica el dominio de la información como materia prima estratégica y rentable. Tal democratización no existe. Por ende, la opinión pública no responde a los intereses de la sociedad en su conjunto, sino a unos intereses restringidos empresariales. Un ejemplo es muy claro para estos grandes medios, como Atresmedia o Mediaset es mucho más importante la okupación que los desahucios. La publicidad de Securitas es muy rentable. Las consecuencias son muy nocivas para el funcionamiento de una democracia que se basa en  la libre circulación de ideas y opiniones. Y esta libre circulación de ideas y opiniones se ve amenazada por los grandes medios de comunicación cada vez más concentrados y vinculados con los poderes financieros y empresariales, que, al alcanzar tanto poder, pueden contrariar o delimitar la soberanía expresada por la sociedad en las urnas y poner en peligro la democracia, de ahí que el profesor Luigi Ferrajoli, los denomine poderes salvajes. Las empresas de comunicación son poderes de hecho, influyentes sobre los asuntos públicos y con agendas que no responden necesariamente a los intereses de la sociedad. Según José Luis Sánchez Noriega “tienen capacidad en el espacio político para boicotear leyes o difundir determinadas demandas y, a la vez, una gran resistencia a las imposiciones del poder político”. Un buen ejemplo de lo dicho podría servir el caso de Berlusconi, que llegó al poder al amparo de la propiedad de grandes medios de comunicación.

Ese papel protagonista que adquieren los medios de comunicación como constructores de opinión pública ya lo señaló Lippmann, en su libro Libertad y prensa, de 1920. Lippmann echaba la culpa de los problemas de la democracia sobre todo a los medios de comunicación. Se lamentaba que la crisis de la democracia fuera una crisis del periodismo, y se preguntaba cómo podría sobrevivir la democracia si la fabricación del consenso era una empresa privada no regulada. Le preocupaba que la democracia representativa se convirtiera cada vez más en un gobierno de periódicos. Estos son incapaces de trasmitir una imagen objetiva y no distorsionada de la realidad social y, por tanto, no pueden compensar la incompetencia de los ciudadanos. Lippmann se quejaba de que la prensa, cuya tarea era decir la verdad, se había convertido en portadora de propaganda: “La forma más destructiva de falsedad es la sofistería y la propaganda de aquellos cuya profesión es informar de las noticias. Las columnas de noticias son como empresas de trasportes Cuando. quienes las controlan se arrogan el derecho de determinar sobre qué debe informarse y para qué, la democracia es inviable. La opinión pública está bloqueada porque cuando un pueblo no puede acudir con confianza a las mejores fuentes de información, entonces las conjeturas y los rumores de cualquiera, las esperanzas y los caprichos de cada uno, se convierten en la base de gobierno”. Estas palabras de Lippmann son de total actualidad y aplicables a no pocos medios de comunicación en esta España nuestra. 

En una investigación ya clásica sobre el impacto mediático, McCombs y Shaw (1972) describían cómo los medios eran los principales generadores de opinión pública y la importancia que tienen sobre lo que la población piensa y cómo lo piensa. En su teoría de la agenda-setting plantean -incluso estadísticamente- la correlación que existe entre la agenda mediática y las agendas pública y política. De esta teoría se derivan varias consecuencias. Sobre el “qué”, la sola presencia de una información y no de otra, marca ya una importante brecha sobre lo que el ciudadano piensa, hasta el punto de que se ha llegado a afirmar comúnmente que “lo que no está en los medios no existe”. Otro elemento que también tiene relación con el “qué” es el de la relevancia informativa, referido a la jerarquía con la que se presenta esa información y al peso que se la da en el conjunto de la agenda mediática. En el caso más específico de los periódicos de papel, el hecho de que una noticia ocupe la portada, las primeras páginas, los números impares, la parte superior y vaya acompaña de elementos gráficos implica un mayor grado de relevancia informativa, debido a un mayor impacto visual sobre el lector, que tenderá a primar esas informaciones sobre el resto. Las denuncias falsas sobre la financiación ilegal a Podemos, la mayoría de los medios las presentaban en portada o abrían los telediarios, cuando fueron archivadas, aparecían en la página 15 o al final del telediario, o incluso, ni las mencionaban.

Sobre el “cómo”, toda información es presentada al público de una determinada manera y no de otra en respuesta a una serie de decisiones que parten tanto del periodista como de sus jefes y de los diferentes criterios periodísticos, empresariales y/o políticos que existen en un medio. Este ejercicio es “teoría del encuadre” (framing), por la cual toda información es enmarcada de alguna forma ya que siempre se presenta una definición de los hechos, una interpretación de las causas e, incluso, una evaluación moral y posibles vías de solución. El framing, consiste en ofrecer un esquema simplificado de la realidad que nos rodea, operación que, “significa buscar marcos interpretativos de la realidad que ayuden a entenderla mejor”.

Fijémonos ahora en el receptor de las noticias. El público tiende a leer antes aquellos periódicos más afines a sus propias ideas que esos otros que podrían causarles mayores niveles de disonancia. Los ciudadanos buscan ante todo reforzar las preferencias pre-existentes en línea con sus predisposiciones ideológicas. Y también los medios a la hora de elaborar sus contenidos, tienen en cuenta quiénes son sus futuros lectores. Según  Ramón Reig: En efecto, por regla general, la gente no busca en los medios que le digan “la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad” (aunque sepamos que sea muy complicado, es una forma de hablar) sino una parte de esa verdad, es decir, un enfoque y unos datos concretos relacionados con el acontecimiento sobre el que desea “informarse”. Por eso, los periodistas que trabajen para unos medios u otros no podrán narrar todo lo que ha sucedido, sino que deberán enfocar la noticia de una forma determinada y, si es necesario, callársela, para que el público al que se dirigen –y que es el cliente, el consumidor del producto- no abandone tal condición. Como norma genérica, los públicos persiguen una información que reafirme sus creencias…”