domingo. 08.02.2026

Manuel Azaña, el mejor orador parlamentario que ha tenido España

Como escribió Santos Julia, tristemente desaparecido, uno de los mayores especialistas sobre la vida y obra de Manuel Azaña, junto con Juan Marichal y José María Ridao, Azaña fue un extraordinario parlamentario. Según Salvador de Madariaga: “Azaña ha sido el orador parlamentario más insigne que ha conocido España”. Tal vez Madariaga no tuvo ocasión de escuchar a Azaña en otros espacios cerrados, el Ateneo de Madrid, la Sociedad El Sitio de Bilbao, los salones de algún hotel, como quizás tampoco estuvo entre el público presente en sus discursos a cielo abierto, las plazas de toros de Bilbao o Valencia, por ejemplo, o los campos de Lasesarre o Comillas. Pero alguien que sí fue público en alguna de estas ocasiones, Luis Araquistáin, debía rendirse ante la evidencia de que sólo un político en España era capaz de que medio millón de personas se reunieran espontáneamente para oírle y además pagaran la entrada. Hacía mucho tiempo que no se hablaba un lenguaje político así en España, escribe Araquistáin, y así debieron de sentirlo también los cientos de miles de personas reunidas en Madrid, a mediados de octubre de 1935, para oír su palabra en el campo de Comillas, un erial acondicionado a toda prisa para el acto gracias al pago de sus estradas por los asistentes: la masa humana más crecida que se ha reunido jamás en un acto político sin que el convocante recurriera a métodos paramilitares, observó Henry Buckley. “Parecían abrirse las puertas de un dique –escribió el embajador de Estados Unidos, Claude Bowers– el día antes del mitin, cuando miles de personas entraron en Madrid con el ímpetu y el estruendo de un Niágara”. 

Sea lo que fuere, algo estaba claro desde el principio para estos, e infinidad de otros, publicistas, amigos o adversarios: nadie, en la tradición de la oratoria política española, había hablado como Azaña. De todas las cuestiones que abordó durante los años treinta –reforma militar, estatuto de autonomía, régimen político, relaciones entre la Iglesia y el Estado– no escribió ni una palabra, pero dijo todas las posibles. Dicho de otra forma: su palabra se dirige a procurar efectos políticos, no a la exposición intemporal de un pensamiento.

Un adversario político, Miguel Maura, destacó algunas de estas características: afirmaciones incisivas e hirientes, dialéctica demoledora y fascinante, capacidad para convencer, subyugar y arrastrar a las masas; y uno de sus primeros estudiosos, Frank Sedwick, llamó hace años la atención sobre su lógica irrefutable, su rico y exacto vocabulario, la originalidad y profundidad de su pensamiento, la hondura de su perspectiva histórica, la perfección sintáctica de sus largas y perfectamente equilibradas frases. 

En todos los grandes discursos de Azaña hay, en efecto, una primera incursión por el pasado que siempre es como la materia viva de la que se deriva una propuesta política con tal de que sea capaz de captar la auténtica sustancia de esa tradición. Tal vez por esta nota, muchos de los discursos de Azaña podrían ser calificados de historicistas o de haber incurrido en una visión del mundo heredada del romanticismo. Lo que hay realmente en ellos es, sin embargo, otra cosa: Azaña pretende renovar la tradición liberal española. Mirar atrás para proponer un arriesgado salto adelante: ahí radica una de las claves de los discursos de Azaña. En su obra La Velada de Benicarló mostró  sus extraordinarios conocimientos de la Historia de España.

La revelación que es Azaña desde 1931, la sorpresa y admiración que causa a quienes no esperan gran cosa de aquel señor republicano vestido de oscuro, están relacionadas siempre con su palabra. “¿De modo que se tenía usted eso guardado?”, le suelta entre incrédulo y admirado Alejandro Lerroux cuando con un discurso solucionó el embrollo en que todos se habían metido al discutir el lugar de la Iglesia en el Estado. Por ello, Azaña, podrá decir: “Con un solo discurso me han hecho presidente del gobierno”. Fue el 13 de diciembre de 1931 sobre Política religiosa, Así Azaña al rematar su primer gran discurso, todo el mundo está convencido de que acaba de resolver el problema religioso: la libertad de conciencia, había dicho, se escribe en una ley y se pasa a otro asunto.

El conjunto de calidades que encierra cada discurso de Azaña, el indudable efecto que de inmediato producía en su auditorio, las consecuencias políticas que provocaba, contribuyeron a privilegiar en su ánimo esta manera de intervención política hasta el punto de identificarla con la política misma: en política palabra y acción son la misma cosa, gustaba de decir, recordando sin duda que un discurso resuelve la cuestión religiosa, otro encauza la aprobación del Estatuto, otro más tranquiliza los ánimos y hace que cada mochuelo vuelva a su olivo. Son, por tanto, discursos políticamente eficaces. 

Destacan los discursos pronunciados en las Cortes muy conocidos y estudiados por los historiadores: el 13 de diciembre de 1931 sobre Política religiosa; el 2 de diciembre de 1931 sobre Política Militar; el 27 de mayo de 1932 sobre El Estatuto de Cataluña; y el 18 de julio de 1938, en el Ayuntamiento de Barcelona, titulado Paz, Piedad y Perdón, sobre el que me referiré en la parte final.

Haré una breve referencia a otro discurso no tan conocido y pronunciado el 21 de abril de 1934 en la Sociedad del Sitio de Bilbao, titulado Un Quijote sin celada, en el que brinda unas hondas reflexiones de su conciencia como hombre político, sin preocuparle el orden, tal como le vienen a la mente. Es toda una lección de lo que es la Política con mayúsculas. Los políticos actuales deberían leerlo y reflexionarlo. Para Azaña, los móviles que llevan a los hombres a la política pueden ser: el deseo de medrar, el instinto adquisitivo, el gusto de lucirse, el afán de mando, la necesidad de vivir como se pueda y hasta un cierto donjuanismo. Mas, estos móviles no son los auténticos de la verdadera emoción política. Los auténticos, los de verdad son la percepción de la continuidad histórica, de la duración, es la observación directa y personal del ambiente que nos circunda, observación respaldada por el sentimiento de justicia, que es el gran motor de todas las innovaciones de las sociedades humanas. De la composición y combinación de los tres elementos sale determinado el ser de un político. He aquí la emoción política. Con ella el ánimo del político se enardece como el ánimo de un artista al contemplar una concepción bella, y dice: vamos a dirigirnos a esta obra, a mejorar esto, a elevar a este pueblo, y si es posible a engrandecerlo.

Pero si hay un discurso que sobresale sobre todos los demás, y que hay que releerlo, es el pronunciado el 18 de julio de 1936 desde el balcón del Ayuntamiento de Barcelona, “Paz, Piedad y Perdón”. Este discurso se denominó de las tres “P” (Paz, Piedad y Perdón). Su intención básica era pedir el retorno a la concordia nacional bajo un contexto en el que la guerra parecía razonablemente perdida ya para la República (tras la Batalla de Teruel y la posterior contraofensiva que provocó la división del territorio republicano, aislando a Cataluña). Pero no era del mismo parecer Negrín, el máximo responsable gubernamental, quien buscó la prolongación de la guerra hasta mezclarla con el conflicto global que se avecinaba (Segunda Guerra Mundial). Para las alturas de 1938 era comprensible que Azaña pronunciara su célebre discurso. De hecho, el presidente de la Generalitat (Companys), en conexión con Azaña, venía intentando un armisticio con Franco. La estrategia del Presidente de la República era clara: ya no se trataba de ganar una guerra, pues estaba perdida; era el momento de mirar hacia el porvenir solicitando de los vencedores “Paz, Piedad y Perdón”. Azaña lanza una nueva llamada de atención a la Sociedad de Naciones para que intervenga en un conflicto, que, según él, se estaba prolongando por culpa de la intervención de países extranjeros.

Este discurso está pleno de amargura y de profundo dolor, muestra un alma desgarrada, al comprobar cómo los españoles durante dos años se están matando. Hace una metáfora de lo que supone esta guerra. “Es la conmoción profunda en la moral de un país, que nadie puede constreñir y que nadie puede encauzar. Después de un terremoto, es difícil reconocer el perfil del terreno. Imaginad una montaña volcánica, pero apagada, en cuyos flancos viven durante generaciones muchas familias pacíficas. Un día, la montaña entra de pronto en erupción, causa estragos, y cuando la erupción cesa y se disipan las humaredas, los habitantes supervivientes miran a la montaña y ya no les parece la misma (…). Es la misma montaña, pero de otra manera, y la misma materia en fusión que expele el cráter, cuando cae en tierra y se solidifica, forma parte del perfil del terreno y hay que contar con ella para las edificaciones del día de mañana”.

Toca diferentes temas. La dimensión internacional de la guerra, como consecuencia de la invasión de ejércitos extranjeros. Se lamenta del abandono de las potencias exteriores al gobierno legítimo de la República por parte del Comité de Londres y de la Sociedad de Naciones. Trata de los motivos erróneos de la rebelión, aduciendo que es totalmente falsa una revolución comunista, que se utilizó como justificación por los rebeldes. Habla del daño irreparable de esta guerra, y sobre todo su gran preocupación es el futuro. 

Pero si hay una lección para el presente de este discurso, es que para Azaña son igual de españoles los rebeldes, como los que luchan por la República. No quiere exclusión alguna, como está ocurriendo en estos momentos, no en vano, Feijóo ha lanzado el eslogan electoral de ¡Sánchez o España! O lo que es lo mismo, quienes votan a Sánchez no son españoles. Cabe mayor aberración. Pero, no es nuevo este comportamiento en nuestra Historia. En 1943, Gerald Brenan en El laberinto español: “Si hay una actitud española es ésta de creer que la solución a todos los problemas pasa siempre por excluir a alguien o librarse de alguien”.

Como señala José María Ridao en su libro La República encantada. Tradición, tolerancia y liberalismo en España, en 1998 visitó la tumba de Manuel Azaña en Montauban. Nos recuerda que al llegar al cementerio tardó en localizar la lápida abandonada y cubierta de maleza, sobre la que encontró jirones de banderas republicanas y una placa rota en reconocimiento al último presidente de la República. Tras reunir los fragmentos dispersos de la placa, aún pudo leer: Los españoles republicanos exiliados en Francia a su presidente, D. Manuel Azaña. Viva la República. Al principio, sigue diciéndonos, Ridao, profundamente conmovido no entendió su auténtico significado. Posteriormente, le supuso una auténtica revelación sobre el significado de la historia de España; a los redactores de la placa sobre la tumba de Azaña que encontró no les cupo duda: el sustantivo era «español», y el adjetivo, «republicano». Cambiar ese orden fue el origen de su drama. Ahí estaba la clave, en ese juego de sustantivos y adjetivos que trasformaba el tópico de que son los vencedores quienes escriben la historia poniendo en evidencia de que en esta España nuestra, se priva a los vencidos de la condición de españoles, convirtiéndolos en extranjeros. Azaña fue un excluido, hasta tal punto, la dictadura trató de borrar cualquier rastro de su último presidente, llegando hasta el extremo de sustituir el nombre de un pueblo toledano, Azaña de la Sagra, que nada tenía que ver con el suyo, por el de Numancia de la Sagra, que trasparentaba la mitología de los vencedores de la Guerra Civil. Azaña sigue enterrado en Francia y el nombre de Numancia de la Sagra todavía se mantiene.

Azaña, como he comentado no pretende excluir a nadie. Y lo manifiesta en repetidas ocasiones en este discurso de Paz, Piedad y Perdón, y lo hace con una belleza literaria y una emoción impresionantes. Pondré algunos fragmentos. Son para leerlos despacio y reflexionarlos.

“A pesar de todo lo que se hace para destruirla, España subsiste. En mi propósito, y para fines mucho más importantes, España no está dividida en dos zonas delimitadas por la línea de fuego; donde haya un español o un puñado de españoles que se angustian pensando en la salvación del país, ahí hay un ánimo y una voluntad que entran en cuenta. Hablo de todos, incluso para los que no quieren oír lo que se les dice, incluso para los que, por distintos motivos contrapuestos, acá o allá, lo aborrecen. Es un deber estricto hacerlo así, un deber que no me es privativo, ciertamente, pero que domina y subyuga todos mis pensamientos. Añado que no me cuesta ningún esfuerzo cumplirlo; todo lo contrario. Al cabo de dos años, en que todos mis pensamientos políticos, como los vuestros; en que todos mis sentimientos de republicano, como los vuestros, y en que mis ilusiones de patriota, también como las vuestras, se han visto pisoteados y destrozados por una obra atroz, no voy a convertirme en lo que nunca he sido: en un banderizo obtuso, fanático y cerril…”

“La guerra civil está agotada en sus móviles porque ha dado exactamente todo lo contrario de lo que se proponían sacar de ella, y ya a nadie le puede caber duda de que la guerra actual no es una guerra contra el Gobierno ni una guerra contra los Gobiernos republicanos, ni siquiera una guerra contra un sistema político: es una guerra contra la nación española entera, incluso contra los propios fascistas, en cuanto españoles, porque será la nación entera, y ya está siendo, quien la sufra en su cuerpo y en su alma…”

“Si convierto ahora la mirada a otros puntos del horizonte, es de advertir, hablando siempre con la misma lealtad, que en cuanto el Estado republicano y la masa general del país se repusieron del aturdimiento, de la conmoción causados por el golpe de fuerza, empezaron a reanudarse aquellos vínculos que la espada cortó. Y ciertas verdades, que habían sido inundadas por el aluvión, volvieron a ponerse a flote y a entrar en nueva vigencia, y, por fortuna, hoy nadie las desconoce; por fortuna, porque no se pueden infringir impunemente. Destaco entre ellas que todos los españoles tenemos el mismo destino, un destino común, en la próspera y en la adversa fortuna, cualesquiera que sean la profesión religiosa, el credo político, el trabajo y el acento, y que nadie puede echarse a un lado en retirar la puesta. No es que se a ilícito hacerlo: es que, además, no se puede…”

“El daño ya está causado; ya no tiene remedio. Todos los intereses nacionales son solidarios, y, donde uno quiebra, todos los demás se precipitan en pos de su ruina, y lo mismo le alcanza al proletario que al burgués; al republicano que al fascista; a todos igual. Durante cincuenta años, los españoles están condenados a pobreza estrecha y a trabajos forzados si no quieren verse en la necesidad de sustentarse de la corteza de los árboles…”.

“Hace más de año y medio, en aquellos días rudísimos, cuando la política y la guerra conjugaban su silueta sombría, alcé la voz en Valencia para recordar a todos, con aprobación del Gobierno, que el Estado republicano sostiene la guerra porque se la hacen; que nuestros fines de Estado eran restaurar en España la paz y un régimen liberal para todos los españoles; que nosotros no soportaremos ningún despotismo ni de un hombre, ni de un grupo, ni de un partido, ni de una clase; que los españoles somos demasiado hombres para someternos, calladamente, a la tiranía de la pistola o la sinrazón de la ametralladora; que en la guerra no se ventila una cuestión de amor propio; que el triunfo de la República no podría ser el triunfo de un caudillo ni de un partido, sino el triunfo de la nación entera, restaurada en su soberanía y en su libertad. Sin amor propio, porque en una guerra civil –yo lo digo desde lo más profundo de mi corazón– no se triunfa personalmente sobre un compatriota…”.

“Más tarde, también en Valencia, me levanté para decir que no es aceptable una política cuyo propósito sea el exterminio del adversario, exterminio ilícito y, además, imposible, y que si el odio y el miedo han tomado tanta parte en la incubación de este desastre, habría que disipar el miedo y habría que sobresanar el odio, porque por mucho que se maten los españoles unos contra otros, todavía quedarían bastantes que tendrían necesidad de resignarse –si éste es el vocablo– a seguir viviendo juntos, si ha de continuar viviendo la nación…”.

“Y hablando en Madrid al ejército que defiende la capital, un ejército español, como todos los nuestros, le dije, sacando a luz su más íntimo sentir, corroborado por las lágrimas y por los aplausos de aquellos valientes soldados, que estaba luchando en causa propia, que se identificaba con la causa nacional, y que luchaba por su libertad, pero también por la libertad de los que no quieren la libertad. Y ellos lo aceptan y lo saben. Ésta es la grandeza inconfundible del ejército español, del ejército de la República, el ejército que es ahora verdaderamente la nación en armas, en cuyas filas tanto el burgués como el proletario, tanto el intelectual como el manual, luchan y mueren juntos y aprenden a conocerse y a saber que por encima de todas las diferencias de clase y por encima de todos los contrastes de teorías políticas, está, no sólo la indomable condición humana que a todos nos iguala, sino la emoción de ser españoles, que a todos nos dignifica…”.

“Hace pocas semanas, el Gobierno de la República ha promulgado una declaración política que ha hecho bastante ruido, y yo lo celebro. En esa declaración política, lo que yo encuentro es la pura doctrina republicana –nunca he profesado otra–, y al prestarle mi previo asentimiento a esa declaración sin ninguna reserva, no hice más que remachar y repasar todos mis pensamientos y palabras de estos años. Para llenarla de contenido cada día más, para realizarla a fondo, no deben ponerse obstáculos al Gobierno, a éste o a otro Gobierno que no la sustente. En esa declaración, hablando del porvenir, el Gobierno alude, más que alude, nombra expresamente la colaboración de todos los españoles el día de mañana, después de la guerra, en la obra de reconstrucción de España. Ha hecho bien el gobierno en decirlo así. La reconstrucción de España será una tarea aplastante, gigantesca, que no se podrá fiar al genio personal de nadie, ni siquiera de un corto número de personas o de técnicos, tendrá que ser obra de la colmena española en su conjunto, cuando reine la paz, una paz nacional, una paz de hombres libres, una paz para hombres libres…”

“Y entonces, cuando los españoles puedan emplear en cosa mejor este extraordinario caudal de energías que estaba como amortiguado y que se ha desparramado con motivo de la guerra; cuando puedan emplear en esa obra sus energías juveniles que, por lo visto, son inextinguibles, con la gloria duradera de la paz, sustituirán la gloria siniestra y dolorosa de la guerra. Y entonces se comprobará una vez más lo que nunca debió ser desconocido por los que lo desconocieron: que todos somos hijos del mismo sol y tributarios del mismo arroyo. Ahí está la base de la nacionalidad y la raíz del sentimiento patriótico, no en un dogma que excluya de la nacionalidad a todos los que no lo profesan, sea un dogma político o económico. ¡Eso es un concepto islámico de la nación y del Estado! Nosotros vemos en la patria una libertad, fundiendo en ella, no sólo los elementos materiales de territorio, de energía física o de riqueza, sino todo el patrimonio moral acumulado por los españoles en veinte siglos y que constituye el título grandioso de nuestra civilización en el mundo”.

“Este fenómeno profundo, que se da en todas las guerras, me impide a mí hablar del porvenir de España en el orden político y en el orden moral, porque es un profundo misterio, en este país de las sorpresas y de las reacciones inesperadas, lo que podrá resultar el día en que los españoles, en paz, se pongan a considerar lo que han hecho durante la guerra. Yo creo que si de esta acumulación de males ha de salir el mayor bien posible, será con este espíritu, y desventurado el que no lo entienda así. (…) Pero es obligación moral, sobre todo de los que padecen la guerra, cuando se acabe como nosotros queremos que se acabe, sacar de la lección y de la musa del escarmiento el mayor bien posible, y cuando la antorcha pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones, que se acordarán, si alguna vez sienten que les hierve la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelve a enfurecerse con la intolerancia y con el odio y con el apetito de destrucción, que piensen en los muertos y escuchen su lección: la de esos hombres, que han caído embravecidos en la batalla luchando magnánimamente por un ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: “Paz, Piedad y Perdón”.

Manuel Azaña, el mejor orador parlamentario que ha tenido España
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