La gran grieta en el PSOE: la cuestión territorial
Recientemente pude leer el libro Democracia de trincheras. Por qué votamos a quienes votamos del profesor de Estudios de Ciencias Políticas de la Universidad Carlos III de Madrid, y tertuliano bastante ecuánime y respetuoso en diferentes medios, Lluís Orriols. Tiene capítulos muy interesantes y especialmente uno titulado En busca de las grietas del adversario, que puede proporcionar, en parte no totalmente, una explicación. a los malos resultados del PSOE en las últimas elecciones autonómicas en Extremadura y en Aragón. Trataré de reflejar lo fundamental de su tesis e incorporaré alguna reflexión personal.
La lealtad es el dique de contención que tienen los partidos políticos para evitar las fugas de votos. El material del que está construido ese dique es uno de los más duros que existen: la identidad. Mientras las personas estén vinculadas emocionalmente a ese partido, cual, si fuera su tribu, será harto complicado hacerles cambiar su voto. Puede ser por costumbre o inercia (“siempre he votado a los mismos, a estas alturas no voy a cambiar”); o también por convicción inducida (“siempre los votaré, porque son los mejores”).
La gente que simpatiza con un partido hace todo lo posible para convencerse de que el suyo tiene razón y siempre actúa bien. Con ello, pretenden proteger su autoestima, manteniendo una imagen positiva de sí mismos y de los suyos. No obstante, en ocasiones no es posible. Puede tener simpatía por un partido, que incluso sienta con cierto fervor sus colores, pero, a la vez no puede evitar constatar la dura realidad: al creer que su partido no se está comportando correctamente. Surge una disonancia complicada de resolver, aparece la ambivalencia. Hay muchas ambivalencias en nuestra reciente democracia. Por ejemplo, la que se produjo en muchos votantes socialistas ante el referéndum de la OTAN. O dentro del PP, cuando muchos de sus votantes constataron los gravísimos problemas de corrupción. O la de esta legislatura del gobierno de Sánchez, de votantes socialistas, por las concesiones a los independentistas con la ley de Amnistía, los indultos y la desaparición del delito de sedición. O por los apoyos en la investidura de Sánchez y de sus políticas por parte de Bildu. Mas, lo cierto es que la ambivalencia es la antesala del cambio de voto o de la abstención. Los partidos políticos lo saben muy bien y por eso uno de sus objetivos principales de su estrategia electoral es intentar crear ambivalencias entre los votantes de otros partidos. Su misión es buscar alguna grieta en ese muro hecho de identidad. La competición política es una lucha entre partidos para abrir grietas en los muros de los partidos contrarios. Lo ideal en un partido es conseguir que en la agenda pública se ubique un tema que genere consenso entre los suyos, pero que sea fuertemente divisivo para los votantes del partido rival. Así, los simpatizantes cierran filas con el partido propio y a la vez fomentan dudas o ambivalencias entre los votantes opositores. Los politólogos llaman a estos temas (los que generan consenso entre los suyos y división entre los adversarios) “temas cuña”. Las cuñas son instrumentos usados para cortar leña. Se busca una grieta en el tronco, se inserta la punta de la cuña y se golpea fuertemente con el mazo para partirlo en dos. La estrategia política tiene un poco de técnica de leñador. La derecha lo sabe y la usa, al conocer esa grieta en el PSOE: el tema territorial. La derecha es muy hábil y conoce perfectamente esa grieta del PSOE: el nacionalismo español. La identidad nacional genera un gran consenso en el PP, pero divide al votante socialista. Muchos votantes socialistas entran en dudas cuando la cuestión nacional se pone en primer plano. Si el PSOE es sensible a las demandas de los nacionalismos periféricos, ello puede colisionar entre la lealtad partidista y la intensa identidad nacional de muchos votantes socialistas. El proceso de paz en Euskadi y, sobre todo, la reforma del Estatut de Cataluña iniciada en el 2004 por el presidente José Luis Rodríguez Zapatero se convirtieron en temas muy importantes en la agenda pública durante su primer mandato, cuestiones relacionadas con el conflicto nacional, centro-periferia. Que se situará en el centro de la agenda pública obedecía a los intereses del Partido Popular, de lo que sacó provecho, no tanto como hubiera deseado. El desencanto por la negociación entre el gobierno de ZP y la Generalitat para aprobar el nuevo estatuto abrió una profunda grieta, por la que huyeron muchos votantes socialistas nacionalistas españoles. Primero, se fueron al PP y UPyD, y posteriormente a Ciudadanos. Y la oposición durante toda la legislatura actual ha ido hurgando en esta grieta del PSOE: las concesiones del gobierno de Sánchez a los independentistas y el apoyo parlamentario de Bildu. Por ello, no sería descabellado aventurar que hayan supuesto una abstención o una pérdida de votantes en el PSOE, en las últimas elecciones autonómicas en Extremadura y, sobre todo, en Aragón. Lo llamativo es que determinados dirigentes y exaltos cargos del PSOE han utilizado esa grieta en su propio partido para golpear con ese mazo para partirlo en dos, por el tema territorial. Felipe González, Page, Lambán-todo el respeto por él, pero eso no es óbice para criticar su línea política- han estado durante toda la legislatura en contra del gobierno de Sánchez por sus concesiones a los partidos catalanes de Junts y ERC y los acuerdos con Bildu. Ha sido este tema, pero hay un sustrato anterior, no han asumido que Pedro Sánchez ganase las primarias al aparato del partido, representada por Susana Díaz. Ahí arranca toda esa animadversión hacia Pedro Sánchez. Han estado en contra de una estrategia política, cual es el pactar con los independentistas, una estrategia política fundamental para poder formar un gobierno, como el que al final se consiguió. Sin ese pacto nunca se hubiera conseguido formar gobierno. Y a pesar de los efectos positivos de esa política de pacto con los independentistas, nada más hay que observar cómo el sentimiento independentista en Cataluña se ha reducido, todos esos dirigentes y exaltos cargos del PSOE han seguido y siguen dando golpes, cada vez más duros con el mazo para que el tronco se rompa en dos. Y en las últimas elecciones, insisto, en Extremadura y Aragón desde las derechas y también González y Page, han utilizado a conciencia el tema territorial, han seguido con el mazo dando golpes en esa grieta, por el acuerdo de financiación autonómica entre el gobierno de Sánchez y ERC. Era en todo caso una propuesta, que debería seguir unos trámites en el Consejo de Política Fiscal y Financiera y en el Parlamento para su aprobación. Y me resulta extraordinariamente sorprendente que a los González y Page les resulte inasumible pactar con Puigdemont y Oriol Junquera, cuando no tuvieron problema alguno que representantes del PSOE dialogasen y pactasen con ETA.
La tesis expuesta de la grieta en el PSOE en el tema territorial con la subsiguiente pérdida de votos la corrobora de una manera más sofisticada una entrevista, al catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid, José Luis Villacañas: “En la derecha veo hipocresía, fanatismo y frialdad, aunque podría resumirse en una: vivir en la falsedad, una voluntad de construir una fantasmagoría, un imaginario. En la izquierda veo un estar atado al propio discurso, como una vía sin cambio de agujas, aunque sepa que ya no conecta más que con minorías ancladas en la militancia absoluta pero muy fragmentada. Obviamente la derecha ha sabido construir una especie de delirio compartido. La izquierda, no. El delirio tiene como finalidad negar la realidad, pero respecto de algo muy central e importante y con una proyección de afecto compacta. La izquierda ahora tiene realidades y gestiones, o militancias absolutas, pero no ofrece nada respecto de ese algo central e importante”. Creo que acierta plenamente. Muchos han votado a la derecha, incluidos votantes socialistas, al haber interiorizado que “España está en peligro” o “Eta está viva”, como consecuencia del gobierno de Sánchez con el apoyo parlamentario de independentistas. Lo de menos es que tal hecho sea falso, lo que realmente importa es que lo creen totalmente, habiéndose incrustado en el ámbito emocional, ya que para ellos la unidad de España es intocable. Por ende, a todos estos con venderles gestión, buenos resultados económicos, e incluso haber dulcificado el problema catalán, no van a cambiar su voto.
Por ello, el dilema para la izquierda es complicado. Según Villacañas: “Tenemos que preguntarnos cuál es la lógica de ese delirio. Y nadie lo hace. Y mi impresión es que el PSOE vive esquizoide entre la verdad de su sentido de Estado, las verdades de su gestión, y la participación en el imaginario de la España de la derecha. La consecuencia es que, cuando este imaginario se impone en su rutilante y deslumbrante autonomía frente a la carencia de idea real de España por la izquierda, los votantes moderados del PSOE se inclinan a votar al PP”.
Insisto, acierta de pleno Villacañas. El dilema del PSOE es muy complicado. Y expertos ideólogos tiene para abordarlo y taponar la grieta del tema territorial: el conflicto nacional centro-periferia. Y de momento, son incapaces. Porque, además, en tiempos de incertidumbre, la gente quiere certezas. La derecha las tiene. Una España. ¿Cuál es el proyecto de España en el PSOE? Estado autonómico, federal, confederal, nación de naciones…