El fascismo actual en los Estados Unidos no es una novedad
Un psicópata fascista como Trump gobierna el mundo. Sin ningún tipo de dudas Trump es un auténtico psicópata. Cuesta acostumbrarse a sus modos de actuación. Desprecia al débil y ataca a los frágiles. En su visita al Detroit Economic Club fue abucheado por un grupo de trabajadores, que le recordaron a gritos sus relaciones con el clan de Jeffrey Epstein, el financiero que se suicidó en la cárcel estando en prisión preventiva. Estuvo en el centro de un gran escándalo global de abusos sexuales y tráfico de menores. Trump se guía por tres principios que le han llevado a considerarse no solo el líder de Occidente sino el gran estratega global: atacar al enemigo, negarlo siempre todo y, pase lo que pase, declararse siempre ganador. Sus imitaciones son hirientes y a veces crueles. En su discurso en Detroit se humilló falsamente con una tos burlona del expresidente Joe Biden, que padece cáncer de próstata en una fase agresiva con metástasis. La sala no se rió y respondió con un silencio total ante una burla innecesaria.
No voy a detenerme en su política exterior, totalmente imperialista, sin respetar la legislación internacional ni la soberanía de los Estados, tal como acabamos de contemplar en Venezuela y en sus reclamaciones sobre Groenlandia. Es un ejemplo de actuación terrorista. Quiero fijarme en su política interior dentro de los Estados Unidos. Las detenciones arbitrarias y la violencia explícita del ICE (U. S. Inmigration and Customs Enforcement) alcanzan niveles históricos. En diciembre de 2025 superaron las 70.000 personas. En lo que va de enero de 2026, informes de prensa calculan un promedio de 824 detenciones diarias. Son incontables los reportes y denuncias de organizaciones no gubernamentales, universidades, colegios de abogados. Hasta investigaciones iniciadas por miembros del Congreso de Estados Unidos dan cuenta de flagrantes violaciones cometidas por el ICE. Se ignoran el debido proceso, los estatutos federales relacionados a la detención de menores, varias enmiendas de la Constitución relativas a derechos ciudadanos y distintos tratados internacionales. En los últimos días se han visto redadas puerta a puerta del ICE. Un acto que se acerca más a una estrategia terrorista coordinada por el Estado que a obedecer objetivos de control migratorio y de seguridad. Su actuación es semejante a la Gestapo y las SS nazis. Voces oficiales, como la del vicepresidente J.D. Vance, justificaron los actos de este grupo armado: Ante estas acciones resulta imposible no recurrir al término de fascismo. Siri Hustvedt publicó un artículo recientemente en El País donde afirmaba que se había de abandonar el término de “conservador” para referirse al presidente de Estados Unidos, ya que estamos ante “un nuevo tipo de fascismo global”. Recuerda la época en la que Donald Trump era un payaso, un chiste. La prensa internacional también consideraba un payaso a Adolf Hitler, hasta que dejó de serlo. Los medios de comunicación tienen que dejar sus peroratas sobre la polarización y sus llamamientos sentimentales al diálogo. Los estadounidenses están polarizados con motivo. A nadie se le ocurriría hoy decir que, si unos grupos judíos se hubieran sentado a conversar amigablemente con Hitler, se habría podido evitar el Holocausto.
Este comportamiento actual de ICE (U. S. Inmigration and Customs Enforcement), completamente fascista, ya que recuerda a las actuaciones de la Gestapo no es una novedad en la Historia de los Estados Unidos. Lo explico. El libro El origen de lo que nos divide de Isabel Wilkerson, periodista norteamericana y la primera afroamericana en ganar el Premio Pulitzer de periodismo, tiene un capítulo titulado Los nazis y la aceleración de las castas, donde describe una reunión celebrada en Berlín el 5 de junio de 1934, a puerta cerrada, de un comité de burócratas nazis, que consideraron la ocasión tan importante para que hubiera un taquígrafo que trascribiera todo. Mientras se acomodaban en sus sillas para fraguar las Leyes de Nuremberg, el primer tema de la agenda fue ver qué se podía aprender de Estados Unidos. Presidía el acto, Franz Gürtner, ministro de Justicia del Reich, el cual presentó un memorando de cómo Estados Unidos controlaba a los grupos marginados y defendía a los blancos. Los diecisiete funcionarios y expertos en derecho examinaron las leyes de pureza estadounidenses que regulaban la inmigración y los matrimonios interraciales. Querían avanzar rápidamente en sus planes de pureza y segregación racial y sabían que Estados Unidos les llevaba siglos de ventaja. Los nazis se sintieron atraídos por las teorías raciales de dos eugenistas estadounidenses, Lothrop Stoddard y Madison Grant. La palabra untermensch, «subhumano», una injuria racial que los nazis adoptaron en su proyecto para deshumanizar a los judíos y a otros no arios la tomaron prestada de Stoddard.