Una distinción esencial entre izquierda y derecha
La distinción esencial entre dos visiones de la política puede ser identificada en la diferente manera de concebir la relación entre igualdad y libertad. Para la izquierda, igualdad y libertad-y más en general igualdad, libertad y fraternidad- se implican recíprocamente. En cambio, para la derecha, la libertad y la igualdad no solo no se implican , sino que mantienen una relación de oposición, en virtud de la cual la libertad solo puede afirmarse con el sacrificio de la igualdad; la cual, a su vez, como la fraternidad (o solidaridad) de la que es presupuesto, no es tampoco un valor, dado que a ella se opone una antropología de la desigualdad de las subculturas reaccionarias de tipo racista, clasista o machista, y el valor opuesto de la competición y del dinero de las ideologías neoliberales.
Siendo evidente que la igualdad implica la libertad y más en general los derechos fundamentales en virtud de su carácter universal, la afirmación de que la idea distintiva de la izquierda es la igualdad, equivale a decir que consiste además en el igual respeto y valor de todas las diferencias de identidad, a través de la garantía de los derechos de libertad, y en la reducción de las desigualdades económicas y materiales, a través de los derechos sociales (sanidad, educación, vivienda, empleo…) y del trabajo. Por ende, la identidad de la izquierda consiste en el nexo entre igualdad, libertad y derechos sociales expresado en las tres clásicas palabras de la Revolución francesa. Y perfectamente puede identificarse en la conjunción de un estado liberal mínimo (y especialmente derecho penal mínimo) y de estado social máximo, consistentes ambos en un paso atrás de la esfera pública en garantía de las libertades individuales y el otro en un paso adelante en garantía de los derechos sociales.
La derecha, por el contrario, sostiene lo contrario: de un lado, el derecho penal máximo defendido por sus componentes reaccionarios, que piden un paso adelante del estado en la defensa del orden público y de la seguridad contra inmigrantes y pequeños delincuentes, así como la máxima invasión del derecho en las cuestiones bioéticas, de la reducción de los casos de aborto, cuando no su prohibición, de las limitaciones a la procreación asistida o a la eutanasia; de otro, el estado social mínimo promovido y puesto en práctica por sus miembros neoliberales, que, por el contrario, piden un paso atrás del estado en la tutela del ejercicio desregulado de los derechos patrimoniales y de autonomía, que ellos conciben como libertades, y por eso reivindican la abdicación de la política de su papel de gobierno de la economía y del de garantía de los derechos, en favor de las fuerzas desbocadas del mercado.
Se podrían distinguir dos derechas. Una reaccionaria, que defiende el orden y la tradición; y la neoliberal, cuyos rasgos más distintivos son la propiedad privada y el mercado. La primera tiene distintas versiones, desde la autoritaria a la clerical y a sus perversiones fascistas, racistas, unidas todas ellas por la intolerancia hacia las diferencias que van en contra de determinadas normas. La que se está imponiendo es la derecha con claras connotaciones fascistas: Trump, Milei, Bolsonaro… En cambio, la segunda, la neoliberal, se caracteriza por la primacía asignada a los derechos del mercado y patrimoniales, aunque suponga un crecimiento exorbitante de las desigualdades y de la reducción de los derechos sociales y laborales.
No obstante, en ambos casos las dos derechas están unidas por las jerarquías sociales en las que ellas ordenan las diferencias: bien de orden natural por nacimiento, clase o sexo; o también natural pero “espontáneo” del mercado. Un orden que en ambos casos incluye y excluye, y que se considera siempre amenazado por enemigos internos y externos: el socialismo, el comunismo, el anarquismo, el Islam, la delincuencia callejera, los inmigrantes, etc. En fin, las dos derechas están normalmente aliadas. Los reaccionarios iliberales nunca han estado en contra de la propiedad privada: un pilar básico del sistema que defienden. Los neoliberales, sostenedores del paso atrás del estado en la economía en nombre de la libertad de los mercados nunca se han opuesto, e incluso, las han promovido las limitaciones a las libertades fundamentales y las medidas represivas, especialmente contra los pobres y los excluidos, de ahí leyes de excepción, del control de la vida privada y del reforzamiento de los poderes policiales.
Podemos afirmar que la identidad de la izquierda está mucho más de acuerdo que la de la derecha con los valores expresados en las actuales constituciones europeas, como la alemana o la española. No en vano la Constitución española es de inspiración claramente socialdemócrata. Se redactó antes de la revolución conservadora de Thatcher y Reagan, por ello está todavía impregnada ideológicamente del pacto suscrito después de la II Guerra Mundial entre socialdemócratas y democristianos, que originó el Estado de bienestar. En el ámbito socio-económico es una Constitución socialdemócrata. Sólo desde este contexto puede entenderse su artículo 1.1, “España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político. “ Palabras que no son huecas. Aquellos Estados que constitucionalmente se proclaman “sociales” tienen una cláusula social transformadora, reconocen una serie de derechos económicos y sociales y regulan el proceso productivo. En todas estas constituciones de la postguerra los valores defendidos son el principio de igualdad, el de la dignidad de las personas, el de la solidaridad social y, en particular todo el conjunto de derechos fundamentales, tanto de libertad como sociales. Por ello, es innegable que el paradigma de la democracia constitucional, generado por las constituciones de la posguerra y por sus catálogos de derechos, expresa prevalentemente una cultura de izquierda, en oposición al tendencial anticonstitucionalismo de las derechas. Lamentablemente estos valores constitucionales han sido violados bajo el eufemismo de “reformas” por las dos derechas y por las llamadas izquierdas culturalmente subalternas a estas; y quien los defiende y reivindica es descalificado como una antigualla del pasado.