Hay trabajadores que votan a quienes les bajan los salarios, pensionistas a quienes les congelan las pensiones y agricultores a quienes aprueban aranceles que les perjudican a sus exportaciones. Pues sí, aunque parezca extraño.
Parte de las clases populares votan desigualdad, machismo, intolerancia, supremacía blanca y masculina, disminución del Estado del Bienestar, incultura, violencia. Dicho en roman paladino, votan contentos en contra de sus propios intereses, sin darse cuenta de ello. ¿Cómo es posible? La clase que tiene el poder económico, tiene también el poder para imponer sus propias ideas. Ha impuesto su agenda política.
Tal como señala Clara Valverde en su libro "No nos los creemos. Una lectura crítica del lenguaje neoliberal", las élites en el capitalismo, en su versión neoliberal, diseñan un discurso basado en fracturar, dividir y enfrentar sectores de la sociedad. Si la población está enfocada, no en lo que hacen las élites, sino en determinados sectores, como los parados, los jóvenes, los jubilados, los funcionarios, las mujeres, los inmigrantes, los catalanes, todos estos se convierten en chivos expiatorios de nuestros problemas, y así los poderosos tienen más libertad para conseguir sus objetivos. Son muy hábiles a la hora de construir estos enfrentamientos: los jóvenes con trabajos precarios y sin acceso a la vivienda culpan a los jubilados de sus pensiones: los trabajadores en la empresa privada acusan a los funcionarios por tener un puesto vitalicio: los parados a los emigrantes porque les quitan los puestos de trabajo; los que trabajan con sueldos bajos culpabilizan también a los emigrantes por abaratar los salarios; a los españoles “machistas” les resulta intolerable la emancipación de la mujer; muchos españoles acusan a los catalanes de insolidarios y que van a romper España, etc. Divide y vencerás.
Así no solo nos pasan desapercibidos los verdaderos causantes de nuestros problemas, sino que incluso nos convencen de que trabajan por nosotros. Y es así cómo una persona de clase trabajadora vota contenta y feliz para que le bajen el salario, le congelen la pensión, le privaticen la sanidad, o le rebajen los impuestos a los más ricos, mientras que a ellos se los rebajan una miseria.; o agricultores voten a partidos que defienden los aranceles impuestos por Trump. Hay una viñeta de El Roto que expresa muy bien esta actitud de muchos trabajadores. Aparece un dibujo de un trabajador en una obra leyendo en un periódico las cotizaciones bursátiles, el cual exclama: ¡Pero cómo vamos hacer huelga con lo mal que está la bolsa! Estamos ante una servidumbre voluntaria, tal como la describió Étienne de La Boétie ya en el siglo XVI, el cual se asombraba ante la ‘servidumbre voluntaria’ con la que los hombres se someten al tirano: «Es realmente sorprendente –y, sin embargo, tan corriente que deberíamos más bien deplorarlo que sorprendernos ver cómo millones y millones de hombres son miserablemente sometidos y sojuzgados, la cabeza gacha, a un deplorable yugo, no porque se vean obligados por una fuerza mayor, sino, por el contrario, porque están fascinados y, por decirlo así, embrujados por el nombre de uno, al que no deberían ni temer –ya que está solo–, ni apreciar –al mostrarse con ellos inhumano y salvaje–». « ¿Cómo llamar a ese vicio, ese vicio tan horrible?», se preguntaba el joven La Boétie –tenía 24 años cuando escribió estas palabras–. Son los propios pueblos los que se dejan encadenar, o, mejor, se hacen encadenar, ya que, con solo dejar de servir, romperían sus cadenas. Ante la posibilidad de elegir entre ser siervo o libre, rechaza la libertad y elige el yugo».
La idea expresada por La Boètie, queda perfectamente reflejada en la siguiente fábula del salesiano Miguel Gambín Gallego, y que debería servirnos de motivo de reflexión para los trabajadores y pensionistas. Es muy clara:
“Había una vez una granja situada en medio del campo. Estaba muy bien defendida, de forma que ningún ataque de los muchos zorros que abundaban por la zona pudo nunca vencer las resistencias de las fuertes alambradas que protegían la seguridad de los volátiles. Hasta que un día, la comunidad zorruna decidió enviar una delegación al dueño de la granja para que pusiera fin a tan injusto trato y les quitara las alambradas. De esta forma podrían ejercer su libertad de ser zorros, sin trabas ni frenos que les impidieran acceder a todos los lugares de la granja”.
Se entiende que a los zorros les molesten las alambradas, pero lo incomprensible, como está ocurriendo, es que sean las propias gallinas quienes pidan su abolición. Pero la peor pesadilla para las gallinas sería que los propios zorros tomen la dirección de la granja, y -aún peor- sean las gallinas quienes los elijan para este menester. Es suficientemente aleccionadora. No creo se necesaria explicación alguna.
