Capitalismo de la vigilancia o democracia
"Cuando vinieron a llevarse los datos, guardé silencio porque me brindaban servicios. Cuando vinieron a pedir que no haya regulaciones para sus negocios, guardé silencio, porque ya sabían mucho de mí y de mis acciones. Cuando vinieron a manipular todo lo que puedo saber y querer, guardé silencio, porque ya no sabía qué era verdad y qué no. Cuando vinieron a gobernar todo, ya era tarde, porque no había gobierno a quien protestarle". Lo expuesto en esta entradilla forma parte del artículo "El golpe de Estado de las plataformas digitales" de la Revista Anfibia-publicación de la UNSAM (Universidad Nacional de San Martín) de Pablo Manolo Rodríguez.
En esta versión libre del famoso poema escrito, tradicionalmente atribuido a Bertolt Brecht, aunque es del pastor luterano alemán Martin Niemöller en 1946 se puede cifrar algo de lo que Shoshana Zuboff, profesora emérita de la Escuela de Negocios y de la Facultad de Derecho de la Universidad de Harvard, quiere advertir en su último libro, "¿Capitalismo de la vigilancia o democracia? Una lucha a todo o nada en la era de la información", publicado por Unsam Edita. Shoshana Zuboff profundiza su reflexión crítica sobre el ecosistema digital, desglosado en tres momentos diferentes pero que forman parte de un campo unificado. .
1ª) Para hacerlo, todo empieza con una operación económica-se están enriqueciendo con nuestros datos, Google acaba reclamando cada vez más “experiencia humana como materia prima gratuita para prácticas comerciales ocultas de extracción, predicción y venta”, una especie de colonización de la vida ordinaria tanto más fácil cuando más dependientes nos volvemos de un Internet de las cosas que puede vigilarnos exhaustivamente en todo momento. No creo sea necesario insistir en esta cuestión. Nosotros somos la materia prima, que lo hacemos gustosamente, que propicia grandes beneficios a las plataformas digitales. Como todo el mundo sabe, o debería saberlo, estas plataformas digitales-empresas- que prestan servicios “gratuitos” a los consumidores (o, con los eufemismos habituales, “los usuarios”, “la comunidad”, etc.) monetizan a sus consumidores. Estas empresas recopilan datos sobre los consumidores y los venden a los anunciantes; convierten al propio consumidor en el producto que venden. Como ha señalado David Runciman sobre Google; “buscar es ser buscado”, una variación del adagio “si el producto es gratis, tú eres el producto”. Llama la atención que nos roban nuestros datos, sin importarnos lo más mínimo, lo que supone un ataque brutal con el permiso de nuestro gobierno y de todos nosotros, a nuestra Carta Magna, al artículo 18. 1. Se garantiza el derecho al honor, a la intimidad personal y familiar y a la propia imagen. Hasta hace poco que nos abrieran una carta sin nuestro permiso nos producía una gran indignación, en cambio en la era digital nos desnudamos sin control, sin que nos genere ningún problema.
2º) Sigue con un vector de gobernanza, ya que a través del algoritmo nos manipulan y nos determinan nuestra ideología, nuestra escala de valores y nuestras emociones. La vigilancia constante va acompañada de una tendencia a darnos cada vez más de lo mismo. Puede llevar a manipularnos para que deseemos siempre más de lo mismo o para que nos comportemos siempre igual, o para que no tengamos ninguna opción, porque solo aparecen algunas cosas en las pantallas. El algoritmo genera previsiones basadas en la idea de que nuestro comportamiento futuro, no solo en el ámbito político, se parecerá mucho a nuestro comportamiento pasado, y también impulsan acciones que hacen más probable que estas predicciones se cumplan. Obviamente si siempre nos transmiten los mismos mensajes políticos, sin posibilidad de contrastarlos con otros que nos los ocultan, nos refuerzan determinadas opciones e identificaciones políticas. Ya es conocida la interferencia de las plataformas digitales en las campañas electorales, que condicionan o manipulan el voto, siempre en la misma dirección, la de la extrema derecha. .Esto va en contra de una de las características fundamentales de la democracia como incertidumbre institucionalizada. Si la política democrática es casi exclusivamente la activación sistemática de identidades aparentemente dadas-basadas en perfiles más precisos generados a través de la vigilancia- se pierde su carácter abierto, dinámico, imprevisible, e incluso su beneficiosa aleatoriedad: solo cabe esperar lo esperado.
3ª) Y finalmente todo conduce en numeroso daños políticos-ya descritos-, sociales y económicos. Las plataformas digitales siembran el odio, la mentira, la xenofobia, el egoísmo, la insolidaridad. Actúan como un capitalismo sincronizado con políticas antidemocráticas que les permiten tener un control casi absoluto, desafiar los Estados y, a través de la IA, generar servidumbre en el Sur global. Pongamos algunos de los daños producidos a través de las plataformas digitales. Los musulmanes de Myanmar, país de mayoría budista, han sido discriminados durante décadas. No obstante, los actos violentos recientes contra ellos, incluyendo violaciones, asesinatos e incendios provocados, han abierto la espita del éxodo para los más de 700.000 rohinyá, que abandonaron Myanmar desde 2017. Durante años, los militares participaron de una campaña de limpieza étnica de los rohinyá. Los militares se valieron de Facebook. Usaron sus páginas personales y crearon cuentas con noticias falsas para difundir los contenidos que presentaban a los rohinyá como terroristas que planeaban ataques yihadistas contra los budistas. Como en la Alemania nazi o en el genocidio en Ruanda, quienes alentaron la campaña de odio y violencia se sirvieron de una combinación de términos deshumanizadores y de la dicotomía «nosotros o ellos». Tras percatarse del abuso, Facebook cerró las páginas de muchos militares, lo que no pudo regular los sitios de impostores que se presentaban como estrellas de pop birmanas, celebridades varias. Esas páginas, de los más de 700 militares, consiguieron 1,3 millones de seguidores, y calificaban a los rohinyá de perros, gusanos y violadores. «Hemos de matarlos como Hitler a los judíos».
Milei poco ha posteó”: “Lo más maravilloso que nos ha regalado @elonmusk ha sido la libertad plena en el uso de la red social, cuando antes regía la censura woke”, que se refiere a las mínimas políticas de contención que antes existían para ponerle control a la autopista de odio por donde transitan los usuarios de X y que limitaba en algo las fake news y la violencia radicalizada. El tipo más rico del planeta, cegado por el odio, se compró una plataforma para destruir al que piensa diferente. De ahí la sintonía que los Milei, Trump y Bolsonaro tienen con Elon Musk. Si la red ya era un lugar donde siempre preponderaron las emociones negativas, ahora se ha incrementado mucho más. Ante estas actuaciones tan nocivas para la democracia, sorprende tanta pasividad e indiferencia de la sociedad y de los Estados.
En estas plataformas digitales muchos jóvenes e incluso niños acceden a contenidos violentos, pornográficos y apuestas deportivas... Intercambian imágenes y vídeos de contenido sexual. No solo es competencia de los padres. Hay que poner puertas en Internet y para eso están los Estados. Luis Arenas en su libro "Capitalismo cansado. Tensiones (Eco) políticas del desorden global' señala lo inquietante del uso de la pornografía en red cara a la futura socialización sexual a la que se han de enfrentar las generaciones más jóvenes, esos Pulgarcitos o Pulgarcitas que ha dibujado Michel Serres en su elogio de las generaciones digitales. Su aprendizaje sexual corre el riego de producirse a través de una descarnada y salvaje inserción sin mediaciones, que les enfrente a un espectáculo difícil de gestionar mediante unas estructuras afectivas todavía en formación; que no les permita distanciarse de lo que en un adulto cabe al menos suponer: la capacidad de diferenciar la ficción de la realidad; el mundo de la imaginación perversa del terreno de lo real.
Según un estudio de la Universidad de Middlesex, hay un alto porcentaje de jóvenes varones que creen tener derecho a sexo en cualquier momento, en cualquier lugar, de cualquier modo y con cualquiera que lo deseen: es decir, creen tener derecho al sexo bajo el formato exacto en que se lo ofrece la pornografía digital. Los médicos y psicólogos nos avisan de que a sus consultas llegan casos de graves trastornos de control sexual por causa de la pornografía en Internet en niños de apenas doce años. En Japón, que es el segundo país consumidor de pornografía en el mundo tras los Estados Unidos, más de un tercio de los varones entre dieciséis y diecinueve años según las cifras del propio Gobierno no están interesados en el sexo o manifiestan claramente su aversión hacia él. Pero los adolescentes no solo se limitan a consumir pornografía. De hecho, con los dispositivos portátiles, no pocos se convierten en improvisados productores de imágenes sexuales. Fenómenos como el ‘sexting', el intercambio privado de textos, imágenes y vídeos de contenido sexual por medio de los teléfonos móviles, proliferan cada vez más. Ya se conocen fechorías sexuales grabadas para ser divulgadas con auténtico fervor entre los amigos.