Sobre las bases éticas de la democracia

La democracia descansa sobre unas bases éticas, que es un conjunto de normas, comportamientos y principios morales, formado a lo largo del tiempo y compartido por los ciudadanos de una comunidad política. Según Adela Cortina para mantener y fortalecer la actividad política desde una ética democrática hay que trabajar fundamentalmente en tres niveles.

Un compromiso irrenunciable de los políticos de proteger las instituciones básicas de nuestro Estado de derecho. Deben entender la competición electoral según establece Michael Ignatiev: «Para que las democracias funcionen, los políticos tienen que respetar la diferencia entre un enemigo y un adversario. Un adversario es alguien al que quieres derrotar. Un enemigo es alguien al que quieres destruir». Lamentablemente en nuestro Parlamento hay políticos que practican más una política de enemigos, que cifran su éxito electoral en desacreditar a sus rivales en lugar de hacer propuestas razonables. No quiero equiparar a todos los partidos. Cada cual puede valorar con sus propios criterios qué dirigentes y qué partidos están contribuyendo más en convertir el Parlamento en un auténtico campo de batalla verbal e incluso físico. Un diputado sube a la tribuna y amenaza al presidente del Congreso. Aducir que todos los políticos son iguales es muy fácil y no requiere mucho esfuerzo mental.  Frente a estos comportamientos deleznables, que degradan la actividad política, hay respuestas: la vergüenza pública y la más contundente, el voto. Mas, para que ambas funcionen es imprescindible una ciudadanía madura.

La ciudadanía es la clave de una democracia, no solo por su capacidad de movilización, sino porque vota. Las razones para votar son muy diversas, pero resulta desmoralizador que una parte de la ciudadanía siga votando a políticos mendaces, corruptos y violentos; y que la destrucción sistemática del adversario, con insultos truculentos-criminal o asesino-jaleados en determinados medios produzca rédito electoral. No obstante, para algunos su voto es inmutable, al estar entregados a priori a determinadas opciones políticas. «Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio (político)», aseguró con acierto Albert Einstein. Las preferencias políticas, reflejadas en las elecciones, surgen no por lo que John Stuart Mill llamaba "simpatías comunes" sino por lo que los expertos en ciencias políticas llaman "antipatías comunes" o "identidad negativa". Para muchos en la derecha estadounidense (y algunos en la izquierda), Hillary Clinton era inelegible pasará lo que pasará. Los votantes llegaron a este fatídico punto tras recorrer un largo camino (que se había pavimentado desde la época del marido de Hillary en el poder). Newt Gingrich recomendó a los republicanos que usaran las siguientes palabras al hablar de los demócratas: "Traicionar, bizarro, decadencia, destruir, devorar, avaricia, mentira, patético, radical, egoísta, vergüenza, enfermo, robar y traidores". De acuerdo con esta teoría el voto mayoritario en la Comunidad de Madrid a Isabel Díaz Ayuso, de mucha gente de derechas, incluso de izquierdas, no es porque la consideren capacitada para gobernar, es por el odio, animadversión, es decir, de acuerdo con "las antipatías comunes". hacia Pedro Sánchez.

  Mas, parece claro que, si los ciudadanos no castigan electoralmente algunos comportamientos políticos, como los descritos, se refuerzan los hábitos antidemocráticos. Por ello, la clave más profunda para salvaguardar la democracia es cultivar, desarrollar una ciudadanía madura, crítica, imbuida de los valores de justicia y de dignidad, Y aquí es fundamental la educación: en la escuela, los medios, la familia, y en cualquier institución con capacidad de influencia. Y, sobre todo, en la política. La política es el arte de ejemplificar, como señala el filósofo Javier Gomá en su libro Ejemplaridad pública. Los políticos dan el tono a la sociedad, crean pautas de comportamiento y suscitan hábitos colectivos. El ejemplo de sus dirigentes sirve, si es positivo, para cohesionar la sociedad, y si es negativo, para fragmentarla y atomizarla.

Y el último nivel según Adela Cortina, es la amistad cívica y un proyecto común. En su libro Republicanismo, Philip Pettit señala: «En mala situación se halla un país solo gobernado por leyes, porque ocurren mil cosas no contempladas por las leyes». Convencido de la necesidad de la civilidad, Pettit considera que son tres los mecanismos de control social: la mano invisible de la economía, la mano visible del Estado y la mano intangible de la virtud cívica capaz de generar lo que Aristóteles llamaba amistad cívica.

Las sociedades para prosperar, según Aristóteles, necesitan leyes e instituciones justas, gobernantes prudentes y jueces honestos, pero también un ingrediente sin el que la vida pública no funciona con bien: la amistad cívica. La de los ciudadanos de un Estado que, por pertenecer a él, saben que han de perseguir metas comunes y por eso existe ya un vínculo que les une y les lleva a intentar alcanzar esos objetivos, siempre que se respeten las diferencias legítimas.

Para alcanzar esas metas comunes se requiere confianza entre sus miembros según describe Tony Judt en su libro, Algo va mal. Toda empresa colectiva requiere confianza. Sin confianza es una utopía construir un proyecto colectivo ilusionante de país.  Desde los juegos infantiles hasta las instituciones sociales más complejas, no podemos trabajar juntos si no dejamos de lado nuestros recelos mutuos. ¿Por qué? En parte porque esperamos reciprocidad, pero en parte claramente también por una tendencia natural a trabajar en colaboración en beneficio de todos. La tributación es un revelador ejemplo. Cuando pagamos impuestos, damos muchas cosas por supuestas sobre nuestros conciudadanos. Suponemos que ellos también los pagarán; de lo contrario, pensaríamos que la nuestra es una carga injusta y acabaríamos dejando de pagar. Confiamos que quienes recauden el dinero lo gasten de forma responsable. Además, la mayoría de los impuestos se destina a pagar deudas pasadas o futuros gastos. Por ello, hay una relación implícita de confianza y reciprocidad entre los pasados contribuyentes y los beneficiarios actuales, los contribuyentes actuales y los pasados y futuros receptores –y, por supuesto, los futuros contribuyentes, que cubrirán nuestros desembolsos actuales–. Así, estamos condenados a confiar no sólo en personas que no conocemos hoy, sino en personas que nunca pudimos conocer y que nunca conoceremos, con las que mantenemos una compleja relación de interés mutuo. Lo mismo se puede decir del gasto público. Si aumentamos los impuestos para costear un colegio, los beneficiarios son otros. Esto también es aplicable a la inversión pública en proyectos de investigación y educativos, ciencia médica, seguridad social y otros gastos colectivos, cuyos beneficios quizá haya que esperar unos años. Así que, ¿por qué nos molestamos en aportar el dinero? Porque nos consideramos parte de una comunidad cívica que trasciende las generaciones, como otros lo aportaron para nosotros en el pasado, normalmente sin pararse mucho a pensarlo.

                 Termino instando a quienes hayan tenido la paciencia de leer hasta aquí, a que reflexionen si estas bases éticas imprescindibles en una democracia están presentes en nuestra democracia.