Hooligans de corbata

Aunque los comportamientos han ido cambiando, en buena parte, por los dispositivos de seguridad que hay alrededor de los partidos de fútbol en grandes escenarios y la prohibición en algunos de ellos de entrada a aficionados radicales, en Europa siguen habiendo auténticas batallas campales entre grupos ultras en la previa de los partidos. Vemos desmanes que intimidan y avergüenzan y “celebraciones” convertidas en caldo de cultivo para los violentos.

Y si son peligrosos quienes destrozan terrazas de bares y mobiliario urbano, queman contenedores o cierran calles encendiendo fuego a materiales tóxicos e inflamables, también lo son los hooligans de traje bien puestos que se pasean por eventos deportivos internacionales.

¿Por qué los medios de comunicación han dedicado casi que el mismo tiempo a hablar de fútbol o del poco fútbol que vimos en el Mundial, salvo España y Francia hasta que se enfrentó a La Roja, que a las estridencias de Trump en la ceremonia que coronó al equipo de Luis de la Fuente y a la politización eufórica de la victoria española por parte de la derecha? Por cierto, el equipo nacional terminó jugando la prórroga contra Argentina con dos jóvenes extremos españoles de ascendencia africana, uno catalán y el otro vasco, para desventura de los abanderados de la prioridad naZional.

Por ejemplo, es inevitable comentar el espectáculo del descanso de la final, no solo por haber sido largo y, en mi opinión, bastante discreto, sino por el despliegue de símbolos de amor y paz sobre el terreno de juego del MetLife Stadium, mientras Trump y el presidente de la FIFA aplaudían en el palco: ¿provocación o crítica? E imposible obviar el paseíllo entre pitos del presidente de USA y Gianni Infantino hasta el centro del campo para participar, no protagonizar, la entrega de trofeos y medallas.

Con buena lupa y pluma, la periodista y escritora española Cristina Fallarás tituló su columna del pasado 20 de julio en el diario Público: “Un violador entregando la Copa del Mundo”. Así es, y la noticia pasó desapercibida, y será porque los medios de comunicación, que se enteran de todo, no se enteraron de una nueva condena de la Justicia a Trump. “¿Cuánta gente se ha enterado de que Trump, el presidente de EEUU, ha sido definitivamente condenado por violación?”, pregunta pertinente en tiempos de más desinformación que información.

Fallarás recordaba que este mismo mes de julio, el presidente de USA pagó a la escritora E. Jean Carroll los 5,6 millones de dólares que le exigió la Corte Suprema de los Estados Unidos. Un jurado federal de Nueva York, en mayo de 2023, había declarado culpable a Trump de haber abusado sexualmente de Carroll en un probador de una tienda de alta costura en los años 90 y de haberla difamado posteriormente.

El hombre que entregó el trofeo, saludó a todos los jugadores y cuerpo técnico y el mismo que se resistía a irse del podio para salir en la foto junto a los campeones, hasta que el capitán español, Rodrigo Hernández, le dio una palmadita en la espalda invitándolo a que se echara fuera, es agresor sexual y además “presidente de Estados Unidos y recibió el saludo de los reyes de España y el presidente del Gobierno”. Y yo diría también, que ídolo de PP y Vox.

Hablamos del oportuno toque de atención de Rodri a Trump, del saludo protocolario de Borja Iglesias y Lamine Yamal al presidente de USA, sin hacer ni puto caso a lo que pretendía decirles, o del vacile de Mikel Merino al presidente imitando a pocos metros su bailecito ridículo, pero gran parte del mundo ignoraba que el que pretendía arrebatar el protagonismo a los campeones como gran exponente de los valores del deporte acababa de ser sentenciado por agresión sexual.

Chapó por la actitud de Lamine Yamal que ya en mayo ondeó la bandera de Palestina en la celebración del título de Liga del Barça en solidaridad con el pueblo de Gaza agredido por Israel y USA, ejecutores de la barbarie y el genocidio, y enhorabuena a Borja Iglesias por ser un deportista que siempre reivindica públicamente y sin miedo la justicia social y los derechos humanos: “Me sorprende que le demos más importancia a parar un evento deportivo que a un genocidio”, dijo sin morderse la lengua, cuando el año pasado hubo protestas contra el genocidio durante el recorrido de la Vuelta ciclista a España.

Trump tuvo que tragarse el triunfo de La Roja después de haber vuelto a despotricar de España un par de semanas antes del Mundial por la negativa del Gobierno a poner más dinero para la OTAN. Que si España es una causa perdida, que si no quería hacer más nunca negocios con el país, que si es un socio “terrible”, entre otras tantas sandeces que estamos acostumbrados a escuchar cuando alguien no le ríe las gracias o comparte sus viles intereses, e incluso cuando le ríen las gracias y le lamen las botas, o si no que le pregunten a María Corina Machado. Pues sí, hay hooligans de corbata más peligrosos que los que merodean los estadios.