El no por el no al cambio climático y la falta de adaptación a una realidad incuestionable, por mucho que negacionistas y partidos de derecha lo reduzcan a poco más que una fanfarria, tiene compungida y en vilo a buena parte de la población española, malograda por los devastadores incendios forestales y sus gravísimas consecuencias en pérdidas de vidas y destrucción medioambiental y material.
El Gobierno tuvo que declarar 211 zonas afectadas por episodios catastróficos en catorce de las diecisiete comunidades autónomas del país, especialmente por incendios producidos entre el 31 de marzo y el 27 de julio de 2026, y todavía queda
verano por delante.
Si estamos asombrados quienes no hemos sufrido consecuencias directas por la voracidad del fuego, es imposible imaginar el dolor de las personas que han perdido seres queridos, viviendas, ganado, tierras de cultivo, maquinaria, negocios y otras
propiedades.
Es un nuevo aviso, uno más, de la naturaleza. Tenemos la opción de atenderlo, aceptar de una vez por todas la realidad del calentamiento de la Tierra y los efectos que provoca el aumento de las temperaturas en océanos y continentes, constatados
por la ciencia, o hacernos los locos y poner en riesgo la existencia del Planeta. La actividad humana es la causa principal de la oleada de incendios.
Naciones Unidas apunta a seis millones de hectáreas arrasadas en la temporada de incendios de este año, sumando territorios de Europa y América del Norte, y eleva a más de 200.000 las hectáreas quemadas hasta el momento en España, aunque el
Gobierno cifra en cerca de 180.000 las hectáreas destrozadas. En cualquier caso, cinco veces más que las quemadas en el mismo periodo de 2025. Estas cifras, para los expertos y científicos, que no para políticas y políticos marrulleros y fantasmas, demuestran que sin reforzar la inversión pública en prevención, sin resiliencia de los territorios y sin sensibilización y adaptación cultural al cambio climático, será imposible contener de forma sostenible estos megaincendios forestales. “Ya no son un evento excepcional, sino una consecuencia cada vez más previsible del calentamiento global”, subraya la División de Medio
Ambiente y Bosques de la ONU. ¡Previsible!
Los números indican que nueve de cada diez incendios forestales son causados por acción humana, ya sea por negligencia o por actos deliberados. La mayoría de incendios puede evitarse con más concienciación ciudadana, una regulación más
estricta, restricciones en los bosques durante los periodos de mayor riesgo por el calor y un comportamiento responsable en los espacios naturales que incluye el desbroce de montes y fincas antes de la llegada del verano.
Todos los años escuchamos que la limpieza preventiva ayuda a reducir el combustible vegetal, frena el avance del fuego y protege poblaciones vulnerables, no obstante, estamos en las mismas. No olvidemos que la limpieza de fincas es obligatoria para sus propietarios.
¿Cambio climático?, pues “es una constante a lo largo de la historia del mundo”, dice Vox, y “un mantra que repite la izquierda”, asegura el PP. Las explicaciones científicas son tonterías, como son gilipolleces las sequías prolongadas, el aumento de temperaturas, las olas de calor que estamos sufriendo y las danas y borrascas de impacto que causan daños en pequeños y grandes poblados. Esta semana veía un reportaje televisivo donde productores de mejillón en el Delta del Ebro, provincia de
Tarragona, denunciaban pérdidas de hasta un 80 por ciento de la cosecha del apetecido marisco, medio millón de kilos, por el calentamiento del agua con temperaturas por encima de los 28 grados.
En 2021, los incendios forestales emitieron aproximadamente 1.800 millones de toneladas de CO₂. Los datos de la ciencia registran que, entre 2001 y 2023, las emisiones mundiales relacionadas con los incendios aumentaron alrededor de un 60
por ciento, y las de los bosques de Europa, América del Norte y Asia Central casi se triplicaron, “alimentando un círculo vicioso en el que el calentamiento favorece los incendios, que a su vez agravan el cambio climático”.
Para quien nos las padece, las pérdidas humanas y económicas también son estupideces. Apoltronado (a) en un sillón con el fresquito del aire acondicionado es fácil restar importancia a la amenaza ascendente del cambio climático que obliga al
desplazamiento forzoso de miles de personas, crea pobreza y perjudica la calidad del aire a cientos de kilómetros del epicentro de un incendio. Apagadas las llamas, nos quedamos con la degradación de la biodiversidad, la disminución de la productividad de las tierras y la necesidad de invertir en la restauración de los paisajes que tarda años y años.
Turquía tiene un sistema de detección de incendios forestales mediante inteligencia artificial y cada vez hay más herramientas y tecnología para la vigilancia satelital de zonas de riesgo en tiempo real que permiten actuar con celeridad. Si queremos
instalarnos en la negación de lo evidente, entonces asumamos sin queja el rol de víctimas y espectadores de las consecuencias.
