El Día del Teatro
El 27 de marzo es el Día Mundial del Teatro, lo es desde el año 62, coincidiendo la fecha con la apertura de temporada e inauguración del Teatro de las Naciones de París, aunque después de más de seis décadas de celebración, seguramente no es de los días (de) más populares del calendario.
El teatro siempre ha estado presente en la historia de la humanidad, espejo de ella misma, y es de las expresiones artísticas más complejas y antiguas y que mayor número de público congrega en el mundo, así que posiblemente no le dé mucho frío ni calor tener un día especialmente señalado para encumbrar su alcance, y sí que eche en falta mayor apoyo institucional y más coordinación entre administraciones y gestores culturales para proyectar más y mejor el trabajo creativo de cientos de compañías y miles de personas que hacen posible que disfrutemos del arte y que el arte siga creciendo como actividad generadora de economía.
Para empezar, necesitamos en las áreas de cultura de las entidades públicas a gente capacitada y sensible, desde la dirección hasta peones de brega. No podemos tolerar departamentos de cultura en todos los niveles del Estado convertidos en refugios de enchufados (as) para pagar favores políticos.
En un devenir social plagado de distracciones, no está de más seguir recordando que el 27 de marzo es una fecha importante para sensibilizar sobre el valor artístico del teatro y su influencia en la sociedad. Compañías, actores y actrices demandan que las comunidades artísticas tengan espacios de promoción de sus obras a gran escala y que los gobernantes materialicen su apoyo. Las palabras bonitas no son suficientes, sobre todo cuando ni siquiera se les ve el pelo por las salas.
Además de despertar emociones en esa interacción directa y cercana que tiene la puesta en escena y sus protagonistas con el público, donde los actores deben improvisar con habilidad e inmediatez si se les olvida parte del diálogo memorizado o si el compañero (a) de escena finaliza una frase de forma distinta como está escrita en el libreto, el teatro nos ayuda a pensar y salir del inmovilismo que nos consume.
Tenemos frente a nosotros imágenes genuinas que nos cuentan relatos de ficción, que nos plantean crudas problemática sociales, que nos hacen reír y llorar, que ayudan a entender mejor la historia, que son un plus impagable en el proceso de aprendizaje de niños y niñas y que abren ojos y despiertan conciencias.
El teatro no es un simple espectáculo que finaliza cuando apagan luces o baja el telón. Después de los aplausos, seguramente hemos experimentado momentos de reflexión interior o colectiva a partir del contenido de una obra artística.
La más reciente que vi, fue este sábado 28 de marzo, en la Casa de la Cultura del municipio de Yaiza: ‘La lechuga’, interpretada por la compañía lanzaroteña Somos Teatro, que dirige Esther Vázquez. Se trata de la tragicomedia escrita por el reconocido dramaturgo venezolano, César Sierra, que impacta por el equilibro entre drama y humor negro en su muestra descarnada de miserias humanas, puestas frente a nosotros a través de la sorprendente historia de tres hermanos que deciden qué hacer con la vida de su padre en estado vegetativo. En este caso, hora y media es suficiente no solo para desenmascarar la hipocresía y relaciones supuestamente afectivas y de poder dentro de una familia de papel, sino que la obra desemboca en la profunda reflexión acerca del derecho a la vida.
El teatro nos susurra al oído como una pausa necesaria para disfrutar y debatir; nos abre nuevas formas de diálogo con nosotros mismos y con los demás. Sus historias y personajes divierten y cuestionan las complejidades de la sociedad y condición humana a través de su infinita capacidad creativa. Integrar el teatro a la educación es una forma que puede influir positivamente en la transformación del aprendizaje, así que intentarlo también es un deber pendiente.