¿Vocación o esclavitud?

Hay palabras que, de tanto manosearlas, acaban perdiendo su verdadero significado y se convierten en una mentira. Vocación es una de ellas. Se la esgrima siempre y desde todas partes con solemnidad pero también como reproche. Y, en no pocas ocasiones, es utilizada como la coartada moral perfecta para justificar los abusos que, con otro nombre, nadie se atrevería a defender. La vocación es, en general, el amor a tu profesión, y conlleva no ser dependiente del mismo porque cuando sucede esto último lo que tenemos es esclavitud.

La vocación no tiene porque ser un martirio escondido en el sacrificio impuesto por otros, ni debe ser la resignación perpetua a unas condiciones laborales deprimentes. No consiste en aceptar sin rechistar sobre aquello que la ley no exige. La vocación, en su sentido más elemental y honesto, es profesionalidad. Ser profesional es cumplir con el deber del puesto, respetar los principios morales y éticos que lo encarnan y ejercer las obligaciones que conlleva con rigor, compromiso y dignidad. Todo lo demás es una adulteración interesada del concepto. Y es que conviene dejar claro una cosa: cuando se le pide a un trabajador más de lo que marca la norma y, ante su negativa, se le acusa de falta de vocación ‒entre otras cosas‒, no se está apelando al compromiso y el deber, sino reclamando sumisión. Y eso ya no es vocación; es esclavitud revestida de un discurso moral pervertido. Es una forma elegante y cínica de exigir sacrificios a cambio de nada.

Como vemos la trampa es eficaz, pero más vieja que el pan. Se apela al “bien común”, al “deber del servicio”, al “espíritu del puesto”, mientras se normaliza la explotación del trabajador inculcando la idea de que los derechos laborales deben ser flexibles en una sola dirección: la que perjudica al trabajador. Esta realidad, más común de lo que queremos creer en España, genera así una cultura laboral perversa y un entorno tóxico en donde reclamar lo que a uno le corresponde es visto como egoísmo, y renunciar a ello, ser virtuoso. El resultado no es una excelencia profesional en el entorno laboral, es la precariedad estructural, el silencio forzado y la sumisión total ante el sistema ‒público o privado‒ que es, al fin y al cabo, el que dispone de los medios para solucionar las necesidades sin recurrir a detraer derechos laborales.

Lo que más sorprende en estos casos es que quienes más insisten en este discurso suelen ser los primeros que se buscan “agujeros” cómodos, destinos o atajos estructurales que les permitan vivir mejor haciendo menos mientras otros deben sacrificarse. Y es que mucha gente exige el sacrificio desde la barrera, sin predicar con el ejemplo. Exigen entrega desde la seguridad de sus puestos ‒muchas veces más elevados‒ y llaman desleal, revolucionario o instigador a cualquiera que intente poner límites o enseñar a ponerlos. Esto me recuerda a la famosa frase que dice: “Las personas que se enfadan cuando pones límites son las mismas que se aprovechaban de ti cuando no los tenías”. Frase muy acertada porque, desde el punto de vista de la psicología, las personas que se enojan o se resienten cuando ponemos límites, y te intentan vilipendiar moralmente apelando a ideas y valores tergiversados, son, a menudo, las mismas que se beneficiaban de tu falta de límites, porque les permitía tomar tu tiempo y recursos sin reciprocidad. Y la reciprocidad, que no son más que los derechos adquiridos, es lo que obtiene el trabajador por el sacrificio que hace, sea cual sea su profesión.

La realidad es que ni la empresa privada ni la Administración pública puede aceptar que los fallos organizativos, la mala gestión de los recursos o la falta de planificación adecuada se tengan que compensar a costa de los derechos de los trabajadores. No es responsabilidad del trabajador cubrir con su tiempo, su salud o su vida personal las carencias a todos los niveles de quien dirige y tiene el poder total en sus manos. Para eso existen recursos, presupuestos y capacidad de decisión. Lo contrario es incompetencia maquillada de excelencia y virtud. Defender los derechos laborales no degrada la vocación, la protege. Porque solo el que trabaja en condiciones justas, en un entorno psicológicamente saludable, puede ejercer su profesión con honestidad y profesionalidad, entregándose más allá de sus obligaciones por propia voluntad con el fin último de mejorar como persona y profesional. Confundir esta realidad degrada al trabajo y lo vuelve insostenible, tóxico, deprimente y, por ende, un entorno esclavo.

En consecuencia, vamos a llamar a las cosas por su nombre. La vocación dignifica la labor, sea cual sea, cuando es libre, reconocida de manera justa y, sobre todo, respetada desde su principio fundamental, los derechos del trabajador. Cuando la vocación se impone, cuando se exige como obligación moral para justificar abusos, deja de ser una virtud y se convierte en una correa al cuello. Y ninguna sociedad, ni ninguna estructura organizativa que se considere seria y profesional debería sentirse cómoda confundiendo una cosa con la otra.