Divagaciones oníricas
Por Jesús J. Lavín Alonso
Desde que un grupo de pitecántropos, en los albores de la humanidad, se reunió para formar la primera tribu, empezó a gestarse el meollo de lo que habría de ser el futuro desarrollo de esa tribu... y de todas: el reparto desigual de la riqueza como fin primordial de la sociedad.
Para ello, las diversas tribus humanas- algunos de sus componentes, para ser exactos- no han cesado de idear la mejor manera de llevar adelante dicha premisa, urdiendo para ello mil y una formas de gobierno. De todas ellas, la menos mala ha sido la democracia. No obstante, no todo el monte es orégano; en toda democracia los ricos siguen siendo ricos- y manejando el cotarro- y los pobres continúan pobres, quedando entremedias del abanico social la burguesía y el proletariado- el lumpenproletariat que decía Marx.
Pero eso si, en democracia las cosas se hacen con mas delicadeza y tolerancia. A quienes no detentan el control de la riqueza y el poder se les compensa permitiéndoles algunas, no muchas, licencias y formas de pataleo, una especie de pan y circo de los emperadores romanos. Es lo que se ha dado en llamar las libertades. Esta serie de graciosas concesiones, que como digo, no afectan a los que ocupan el vértice de la pirámide social - nivel que corresponde a Ios depredadores puros - están recogidas en unos códices pomposamente llamados Constituciones. La existencia de una de estas constituciones es lo que diferencia una democracia de una dictadura. En esta última, los métodos son similares, pero mucho mas expeditivos y sumarios. También hay que reseñar que hay democracias, con su constitución y todo, que por su forma de actuar, si no son dictaduras, están perdiendo dinero. Que no es oro todo lo que reluce.
El hecho de poder disponer de una constitución hace que las gentes lleguen a pensar cosas irreales, como el hecho de que viven en plena libertad... hasta que llega el momento del despertar y del apercibimiento de la cruda y prosaica realidad. Todo lo anterior se podría resumir en un trilogía, de jocosa apariencia pero de contundente realidad: primero - el poder siempre quiere tener la razón; segundo- en caso de dudad, se aplicará el punto anterior y tercero todo ciudadano honrado- y por ende, pobre- por el mero hecho de serio, será severamente sancionado con mil y una trabas e impuestos. No obstante, en cualquier clase de gobierno, la que sea, hay un estamento que suele escapar a las anteriores consideraciones, lo cual me hace sospechar de extrañas concomitancias con el vértice de la pirámide. Es lo que se suele conocer con el nombre genérico de mafias. Se dice que el sueño de la Razón produce monstruos, y las divagaciones oníricas no iban a ser una excepción, si bien, a veces resultan ser bastante verosímiles.