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Papá, quiero ser feminista

Pedro Cabrera Vizcaíno · 21 de noviembre de 2017

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Fui criado (afortunadamente) en un ambiente feminista, hermano pequeño de tres hermanas y con un fuerte apego a mi madre; hubiera sido antinatural que en mi casa hubiera espacio para el machismo. Al mismo tiempo, siempre tuve una semilla reivindicativa que poco a poco fue germinando y que ha hecho de mí alguien que lucha por lo que cree.

Poco a poco fui manifestando mis inquietudes: estudié Historia, me afilié al PSOE y me hice voluntario feminista. Esto me permitió rodearme de grandes profesionales que fueron haciendo de mí una mejor persona. En estos espacios mis ideas van cogiendo forma, convicciones que comienzan a definirse y también a desdibujarse.

Hace unos años participé en unas jornadas feministas en las que participó Cristina Almeida. Fui el único ponente masculino por lo que Cristina se dirigió a mí como “el valiente”, ya que a nivel general (y casi por definición) son mujeres las que suelen encabezar este tipo de jornadas y políticas. Aquello supuso un antes y un después en mi manera de entender esta lucha.

En todas las reuniones a las que he asistido se produce un fenómeno por el que acabo sintiéndome como “el enemigo” y que tiene que ver con el discurso orientado exclusivamente a las mujeres y la relación sin excepciones de lo masculino con el machismo y con la violencia de género.

Pero cuando Almeida me dedicó aquellas palabras me di cuenta de que es absolutamente indispensable que los hombres dejemos de sentirnos como el enemigo y pasemos a identificarnos como víctimas. Y me explico:

Es de primero de feminismo que vivimos en un sistema patriarcal, construcción social que (a grosso modo) establece un rol para los hombres (superiores) y otro para las mujeres (inferiores). Según este modelo, las mujeres son débiles, sensibles, encargadas del hogar, de la crianza de los y las hijas, etc. Y los hombres, fuertes, insensibles, propietarios de la casa, encargados de traer el dinero, etc. Por tanto, hombres y mujeres debemos ir encajando dentro de este molde diseñado para cada uno de nosotros y nosotras.

¿Pero qué ocurre cuando alguna persona no encaja dentro del rol establecido? La respuesta es sencilla: queda estigmatizada. ¡Sí!, nosotros también quedamos estigmatizados pues los niños y hombres que rompemos con los estereotipos fijados al nacer nos vemos sometidos al rechazo social.

Pensemos en un hombre que no trabaja y por tanto no lleva el dinero a casa para el sustento familiar… La discriminación social y de parte de su entorno familiar y el cuestionamiento a su masculinidad son inmediatos. Por no hablar de la homosexualidad, que merece capítulo aparte.

Para ellas es peor, ya que sufren que este sistema anacrónico las convierta en objetos vivos merecedores de muerte si su hombre así lo considera. Si deciden trabajar fuera del hogar pasan a ser consideradas malas madres y/o malas esposas y qué decir del “egoísmo” de las que optan por la soltería o descartan la maternidad en sus vidas.

No creo que sea difícil entender entonces que ambos géneros somos víctimas del patriarcado. Y por ello, es necesario que nos involucremos contra este modelo basado en la desigualdad. Hasta ahora se ha orientado a las mujeres, identificando a los hombres como agresores y a ellas como víctimas, sin valorar el sufrimiento que padecemos también nosotros cuando nos convertimos en presa del patriarcado.

Esta tesitura impide que los hombres nos identifiquemos como víctimas y nos sintamos incómodos en el debate feminista. Pero cuando nos demos cuenta de que el machismo es un problema que nos afecta y consigamos involucrarnos en la lucha, ésta será más efectiva.

Pero no sólo los hombres debemos intentar abrir la mente; las mujeres juegan un papel primordial en este cambio de mentalidad. Son ellas, como víctimas principales y como las grandes luchadoras en pro de la igualdad las que deben abrirnos las puertas para formar parte de la lucha, las que con su experiencia (no olvidemos que nos llevan siglos de ventaja) deben ayudarnos a sentirnos cómodos y a abrirnos el camino y la mente para que podamos evolucionar.

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