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Sección > Algo más que palabras



La vida como diversidad de timbres y tonos

Víctor Corcoba Herrero · 15 de mayo de 2017

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A poco que nos adentremos en la vida, observaremos que toda ella rebosa variedad, y esto es lo que verdaderamente nos entusiasma; el conocer, el explorar otros horizontes. Únicamente, la muerte es quien nos injerta uniformidad. De ahí, lo importante de superar divisiones, de comprender y de dejarnos entender por toda existencia. Globalizado el mundo, sabemos que las tres cuartas partes de los conflictos tienen una dimensión cultural. Está visto que todos tenemos algo que aportar. La exclusión no es de recibo. No me cansaré de vociferarlo, nadie sobra, todos somos necesarios y precisos. La cohesión de los moradores, aparte de ser algo vital para encauzarnos en lo armónico, también nos enriquece intelectualmente, moralmente y espiritualmente. La sabiduría, fruto de lo vivido, no se alcanza recluido en los centros de pensamiento, sino compartiendo vivencias y convivencias, que es lo que nos ayuda a vivir, reconociendo nuestra propia ignorancia. Porque sí, en efecto; uno es nada, sin alguien que le aliente. Al fin y al cabo, todos nos alimentamos de todos. En consecuencia, este sinfín de entretelas, con sus pulsos y sus pausas, o si quieren de andantes poemas, son el efectivo motor del desarrollo de la especie pensante, que deshumanizada será un infierno para sí misma.

Hay que retomar esa complejidad y armonizarla. La tarea no es fácil, pero tampoco es imposible. Ya en 2001 se produjo la Declaración Universal de la UNESCO sobre la riqueza cultural y, posteriormente, la Asamblea General de las Naciones Unidas declaró el 21 de mayo como el Día Mundial de la Diversidad Cultural para el Diálogo y el Desarrollo, a través de su resolución 57/249 de diciembre de 2002. También en 2011 la UNESCO y la Alianza de Civilizaciones de las Naciones Unidas lanzaron la campaña: "Haz un gesto por la Diversidad y la Inclusión", con el firme propósito de animar a las gentes y a las organizaciones de todo el mundo a que tomen medidas concretas de apoyo a la multiplicidad. Desde luego, aquí todos estamos llamados a aceptarnos mediante gestos reales en nuestro día a día y a combatir la polarización y los estereotipos para mejorar el entendimiento y la cooperación entre las gentes de diferentes ritmos y rimas. Precisamente, un informe reciente, publicado en enero de 2017, sobre Intolerancia Religiosa en Brasil, nos indica que el planeta vegeta una ola creciente de intolerancia y de restricciones al ejercicio del derecho a la libertad religiosa y de credo. Ojalá aprendiésemos la lección desde uno mismo, puesto que si cada cual es imperfecto y requiere de la bondad de los demás, también nosotros tenemos que tolerar los defectos de los otros, quizás hasta lograr ser ese poema interminable y perfecto, con el que todos soñamos.

Situar la poética del hermanamiento en el núcleo del avance constituye una revolución básica en el porvenir de la naturaleza humana. Hasta ahora nos hemos rejuntado, pero no hemos aprendido a dejarnos resucitar por la lírica que nos circunda, hemos preferido tomar cadenas y no abrirnos al orbe, para dejarnos abrazar por él. Todo esto llegará en el momento que dialoguemos auténticamente, con la verdad por delante. No desperdiciemos esa red de cátedras vivientes que nos entran por los sentidos y van directas al corazón. Sólo así podemos fundirnos en ese culto de culturas, o lo que es igual de realidades poéticas, que tantas veces se nos pasan desapercibidas y son el alma de nuestra existencia, en su doble dimensión de proceso evolutivo y fuente de expresión, creación e innovación. Hasta ahora nos hemos mundializado, pero no fraternizado. Requerimos de otro ambiente más cooperante y solidario en la conciencia del género humano. El arte, como la poesía, o la ciencia, pueden ayudarnos a interpretar este pluralismo con coherencia y a luchar contra las desigualdades reinantes en este mundo frío, encorsetado en las tecnologías y que cada amanecer siente menos ante el sufrimiento del prójimo. De aquí la necesidad de unir, ya no solo la justicia y el bien común, también otro espíritu más trascendente que nos devuelva nuestra capacidad de asombro, de reconocer el orden natural, o sea, de la poesía a la que se llega por la senda de lo auténtico, del reír a mandíbula abierta y del llorar a lágrima viva.

Nuestra historia, por consiguiente, no sólo se verifica en esa multitud de versos, sino que, gracias a ellos, se concentra una fuente de renovación de las ideas, adquiere sentido nuestro caminar al vernos y sentirnos iluminados por la veracidad, que es lo que realmente nos permite abrirnos y concebir nuevos modos de pensar. Para empezar, tenemos que desligarnos de este afán mercantilista que mueve al mundo, propiciando un desarrollo sustentado en los latidos y sostenible con el diálogo, siempre sincero y siempre liberador. A mi juicio, además, hemos de estimular mucho más la creatividad conjunta, pues de nada sirve desarrollar en las nuevas generaciones ese afán aperturista de nuestras lenguas, culturas y religiones, si luego actuamos contrariamente a lo que predicamos. Para desgracia nuestra, lo prioritario siempre es el dinero, no la cultura vivencial, aquella que va impresa en las vísceras humanas. La llaneza está en el reconocimiento, la comprensión y la tolerancia de la disparidad de linajes, sobre la base de una ética global, confluencia basada en valores universales y en el respeto recíproco de todas las mentes humanas.

No olvidemos que cada caminante necesita hallarse con su pulsación, y rehacerse junto a los suyos. La cuestión no es sentirse cercano junto a los otros, sino acompañado por esa percusión del alma, que nos ayudará a poseer una convivencia cívica, pero también a hermanarnos, en la medida que confluyan nuestras níveas emociones, sabiendo que el interés mercantilista jamás ha forjado uniones duraderas. Por tanto, pienso, que ha llegado el momento de revisarnos, de injertarnos nuevos compromisos, apoyándonos en las experiencias positivas de nuestros predecesores. Sin duda, necesitamos proyectar una renovada métrica a esta vida, tan sufrida para unos y tan privilegiada para otros. ¿Dónde están los poetas, para entonar otros abecedarios que nos lleguen más y mejor, al oratorio interior de nuestro vergel, y nos despierten?. Ante el boom de injusticias, nos conviene una fuerza dinámica de cambio, que nos lleve por otros horizontes y otras sendas de menos iniquidad y perdición. Naturalmente, la inspiración ha de llenarse de imágenes originales, sorprendentes y placenteras.

Tras el derrumbe de nuestro endiosamiento actual, no hablaremos tanto de desarrollo y si de generosidad, puesto que vivimos en un estado al borde de todos los límites, de recursos limitados, junto al proceder de algunos que lo acaparan todo. Frente a esas gentes que piensan que necesitamos un nuevo humanismo para el siglo XXI, a fin de renovar las aspiraciones fundamentales a la justicia, el entendimiento mutuo y la dignidad; yo estimo también, un dejar de adoctrinarnos para poder entrar más en el discernimiento, cuando menos para volver hacia nuestras posadas interiores, hacia la placidez que somos, más allá de la conjugación de verbos y de la correlación de espíritus, conscientes de que, si cultivamos más poemas que penas, podremos tejer un destino más tranquilizador para todos. Por otra parte, está muy bien eso de ser distintos y de considerarse análogos, pero de nada sirven los dichos, si el corazón no es el que habla. Esta es la cuestión de fondo. Tampoco somos hijos de la monotonía. La experiencia de la infinidad de aires está en la comunicación y en la comunión de todos, y como tal, pertenece a toda existencia humana, que será más perfecta, en la medida en que cada cual se entregue a esa búsqueda de la verdad y el bien, haciendo un uso adecuado de los múltiples patrimonios del planeta, entre ellos la disparidad de tonos y timbres cohabitando.

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