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La utilidad de lo inútil

Cándido Marquesán Millán · 28 de agosto de 2017

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Todo lo que provenga de los Estados Unidos los europeos embelesados lo miramos con envidia, y con cierto retraso tendemos a imitarlo. Allí se produjo el paso de una economía de mercado a una sociedad de mercado, donde todo puede comprarse o venderse. Y el resto lo plagiamos sumisamente.

Al terminar la Guerra Fría, los mercados y su ideología mercantil gozaban de un extraordinario prestigio, Ningún mecanismo para organizar la producción y distribuir los bienes se había mostrado tan eficaz en generar bienestar y prosperidad. Pero luego los valores del mercado invadieron aspectos de la vida tradicionalmente regidos por normas o valores no mercantiles. El sociólogo norteamericano Michael J. Sandel en su libro Lo que el dinero no puede comprar. Los límites morales del mercado, refleja toda una casuística de esa invasión ilimitada del mercado a muchas actividades humanas en USA. Disponer una celda más cómoda en una prisión pagando 82 dólares por noche. Derecho a emigrar a USA invirtiendo 500.000 dólares. Suscribir una empresa seguros de vida de sus empleados, sin conocimiento de estos, para cobrarlos ella. Comprar el seguro de vida de una persona enferma de cáncer, pagando las primas anuales mientras viva y luego cobrarlo al fallecimiento con suculentos beneficios. Mas, quiero fijarme, como docente, en el ámbito educativo.

Chanel One transmite mensajes publicitarios a millones de adolescentes obligados a verlos en aulas de todo el país. El programa de noticias de televisión, de 12 minutos y comercialmente patrocinado, lo lanzó en 1989 el empresario Chris Whittle, el cual ofreció a los colegios televisores, equipos de vídeo y conexión vía satélite, todo gratis, a cambio de emitir el programa todos los días y exigir a los alumnos que vieran los dos minutos de anuncios. En el 2000 Channel One fue visto por ocho millones de alumnos en doce mil colegios. Así han podido anunciarse Pepsi, Snickers, Clearasil, Gatorade, Reebok, Taco Bell… Los alumnos aprenden conceptos sobre nutrición con materiales proporcionados por McDonald’s, o los efectos de un vertido de petróleo en Alaska con un vídeo grabado por Exxon. Procter & Gamble ofreció unos materiales sobre medio ambiente explicando por qué los pañales desechables eran buenos para la tierra. Boletines de notas con el anagrama de McDonald’s, además de ofrecer a los niños con sobresalientes y notables en toda las asignaturas, o con menos de tres ausencias, una comida gratis en un McDonald’s. ¿Esto es lo que tratamos de imitar? ¿Somos conscientes de su extraordinaria gravedad?

En una sociedad en la que todo se puede comprar y vender, la posesión de dinero supone la mayor de las diferencias. Por ello, la mercantilización juega a favor de las desigualdades, de su incremento y de su expansión. No solo se amplia la brecha entre ricos y pobres, sino que la mercantilización de todo intensifica la necesidad de tener dinero y vuelve más cara la pobreza.

Por otra parte, la mercantilización genera otra secuela no menos grave: la corrupción. Se argumenta que los mercados son imparciales e inertes, que no afectan a los bienes intercambiados, pero al poner precio a los objetos, bienes, relaciones y servicios, modificamos su naturaleza, los tratamos como mercancías o instrumentos de uso y beneficio, y, por ello los degradamos. Conceder plazas en una universidad para el mejor postor podrá incrementar sus beneficios, pero también está degradando su integridad y el valor del diploma. Contratar a mercenarios extranjeros para que combatan en nuestras guerras podrá ahorrar vidas de nuestros ciudadanos, pero corrompe el significado auténtico de ciudadanía.

El razonamiento mercantil vacía la vida pública de argumentos morales. El atractivo de los mercados estriba en que no emiten juicios sobre nuestros gustos satisfechos. No se preguntan si ciertas maneras de valorar bienes son más dignas o más nobles que otras. Si alguien está dispuesto a pagar por sexo o un riñón y un adulto consiente en vendérselo, la única pregunta que se hace el economista es, ¿Cuánto? Los mercados no reprueban nada. Nuestra resistencia a contraponer argumentos morales al mercado, al aceptarlo sumisamente, nos está haciendo pagar un alto precio: ha vaciado al discurso público de toda energía moral y cívica, y ha propiciado la política tecnocrática, que hoy nos invade. Un debate sobre los límites morales del mercado es necesario e imprescindible.

Hoy cuando son predominantes los valores mercantilistas y economicistas tal como acabo de mostrar, reconforta como réplica la lectura de un librito precioso, que pretende fundamentar la existencia humana en otros valores, La utilidad de lo inútil. Manifiesto del profesor de literatura italiana de la Universidad de Calabria, Nuccio Ordine.

El título aparentemente contradictorio tras su lectura comprobamos que es plenamente coherente. Lo que nos quiere señalar es que hoy se consideran inútiles todo un conjunto de saberes, como la filosofía, el arte, la música, la historia, la ciencia, porque no producen directamente beneficios; cuando son muy útiles, ya que son fines por sí mismos-precisamente por su naturaleza gratuita, alejada de todo vínculo mercantilista-, permiten desempeñar un papel clave en el cultivo del espíritu y en el desarrollo de la humanidad.

En definitiva, todo aquello que nos ayuda a ser mejores personas. En cambio, lo que se denomina hoy como útil, el beneficio, el lucro, el tener, el dinero es plenamente inútil, ya que no sirve para desarrollarnos como personas. En las sociedades actuales el conocimiento no se valora. El artista, el científico, el intelectual, se valora mucho menos que el empresario, el banquero, el futbolista…En otras épocas no fue así, el respeto ha cambiado de bando. No se admira al que sabe, al que crea, al que lee, sino al que es capaz de acumular poder, lujos y riquezas, incluso al que se lucra de manera amoral.

Para justificar la tesis expuesta Nuccio recurre a citas enjundiosas de pensadores clásicos y actuales, recogidas tras largos años de experiencia docente.

Ovidio, profundo fustigador en la Metamorfosis, de la infame pasión por el poseer, afronta explícitamente la cuestión de la utilidad de lo inútil. En una carta a un amigo le dice “Por más que te esmeres en encontrar qué puedo hacer, no habrá nada más útil que estas artes (la poesía), que no tienen ninguna utilidad. Gracias a ellas, consigo olvidarme de mis desgracias (su destierro)”.

Demócrito hace 2.500 nos habla ya sobre la inutilidad de lo útil: “Me río del hombre, lleno de estupidez, desprovisto de acciones rectas…que con ansias desmesuradas recorre la tierra hasta sus confines y penetra en sus inmensa cavidades, funde el oro y la plata, los acumula sin descanso y se esfuerza por poseer cada vez más para ser cada vez menos.”

Nuccio en una entrevista nos dice que no está en contra del beneficio y del dinero, que son necesarios para vivir, lo que no puede ser que se conviertan en un fin por sí mismos. Que un empresario tenga beneficios no es malo, siempre que al acostarse duerma plácidamente con la conciencia tranquila. Como lo fue Adriano Olivetti que nos enseñó que una empresa no debe producir sólo beneficios, sino también belleza y libertad. Él se dio cuenta de que con ellas el hombre aprende a entender cuál es el camino para la felicidad. Olivetti invirtió sus beneficios en bibliotecas, en casas y en guarderías para los hijos de los trabajadores. Se preocupó de darles una dignidad humana y así levantó una empresa competitiva a nivel internacional. ¡Vaya contraste con el mundo empresarial de hoy, lleno de auténticos tiburones!

Y en este callejón sin salida, del que todos somos culpables, debemos abrir alguna puerta, si no queremos un suicidio colectivo. Para Nuccio como docente, la puede proporcionar la educación, pero desde una concepción distinta a la neoliberal.
La escuela, el instituto, la universidad, antes que para conseguir un diploma son para mejorarnos como personas. Los docentes tenemos que ayudar a los jóvenes a eliminar esa idea, propia de estas sociedades utilitarias, de que el estudio es para conseguir algo material. Ni en las familias ni en la sociedad, sino en las escuelas, es donde hay que trabajar intensamente para cambiar esta percepción tan nociva, esa degeneración de la enseñanza enfocada a obtener resultados como única meta, olvidando que el saber debe llevar a los estudiantes a entenderse mejor a sí mismos y al mundo que les rodea, a amar el bien común, a ser tolerantes, solidarios, utópicos, críticos frente a la injusticia, valores que nos hacen más humanos. Las escuelas y las universidades son el lugar idóneo para demostrar que las leyes del mercado no valen, basadas en el principio de la pérdida y la ganancia; en cualquier intercambio comercial siempre hay algo que sale y algo que se queda. Pero el intercambio entre profesor y estudiante es un proceso virtuoso donde el que da y el que recibe se enriquecen ambos. Nadie pierde. Las escuelas deberían ser ese lugar donde las leyes del beneficio acabaran rompiéndose, naufragando. Nuccio pone un ejemplo a sus alumnos “Hoy con el dinero podemos comprar cualquier cosa, los jueces, a los parlamentarios, a las cadenas de televisión y que si se es rico se puede obtener el éxito y el erotismo. Pero, hay algo que, sin embargo, no se puede alcanzar con todo el oro del mundo, el conocimiento”.

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