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Hay que llamar a la paz, nunca a la guerra


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Por Víctor Corcoba Herrero

Hay que llamar a la paz, nunca a la guerra. El ser humano nació para vivir en la armonía, no en la barbarie que algunos locos pregonan. Uno sólo puede morir matando en defensa propia, no en amparo del poder ilimitado para sí. Cualquiera que incite a la ciudadanía, para que se maten unos contra otros, ha de acorralársele cuanto antes. Nadie es quién para despreciar la vida de un ser humano, por mucho dominio que ostente. Los que así actúen, deberán rendir cuentas por su salvajismo, en constante violación del derecho internacional humanitario y de los derechos humanos.

No puede sostenerse ningún poder sembrando el miedo, matando a la gente que se subleva contra los violadores de derechos humanos, contra poderes corruptos y sembradores de odio y venganza. Para ser un hombre de Estado, primero debes ser elegido y querido por el pueblo. No le demos a estos dictadores armas, porque las utilizarán contra la libertad, y nos estaremos alienando con los bárbaros.

La justicia se defiende con la razón y no con los artefactos. Con la paz no se pierde nada, sin embargo con la guerra se pierde todo. La humanidad no ha aprendido aún esta lección de luchas sin sentido, a pesar de tantas contiendas sembradas a lo largo de nuestra historia. Por otra parte, conviene transmitirles a los que se aferran rabiosos al poder, que ningún gobierno es decente cuando ataca a muerte al pueblo al que debe servir. Un planeta globalizado no puede sustentar por más tiempo, un abecedario de poder dictatorial, que no es otro que el dominio del más fuerte y la opresión del débil. Esa es la gran revolución pendiente, que ha de ser avivada con espíritu de diálogo y comprensión.

Con urgencia el mundo precisa de un poder para los demás, no sobre los demás, de una autoridad que significa respeto, estima por el ser humano. Cuando se bombardea a un pueblo desde el aire, en lugar de escucharlo y servirlo, sus responsables no deben quedar impunes. A la gente no se le puede silenciar intimidándola, inyectándole el veneno del pánico en el cuerpo. Además, cuando una ciudadanía toma la palabra arriesgando sus vidas, pidiendo dignidad y exigiendo independencia, el mundo democrático desarrollado tiene que mostrar su apoyo, porque la democracia no es el silencio, sino la participación de ideas, sin exclusión alguna, puesto que no se trata de vencer a nadie, más bien de convencer con actitudes democráticas. Nada debe importarnos tanto como poner a salvo la vida de cualquier ser humano. Tampoco se debe ceder ante las ideologías que justifican la posibilidad de pisotear la dignidad humana. Ante la tragedia de la falta de libertades, pues, a nadie le es lícito pasar de largo. Desde luego, un país sin habla, sin elecciones libres, es un país amordazado que merece todas las manos liberadoras. Por justicia y por humanidad.

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