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Sección > Algo más que palabras



Apuesta por la conciencia colectiva como factor de crecimiento

Víctor Corcoba Herrero · 20 de octubre de 2016

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Si trabajar unidos es fundamental, máxime bajo una atmósfera tantas veces desilusionante, también confluir los sentimientos como memoria, o si quieren como conciencia colectiva de nuestra propia continuidad histórica, ha de ayudarnos a buscar caminos de esperanza y, así, poder abrir espacios nuevos a nuestra sociedad. Y, en esto es básico, el papel del culto a la cultura, el cultivo de la sabiduría en el sentido más profundo del término, de educación integral del ser humano. Sólo así podremos reconocernos, en esa vertiente integradora, en un momento en el que todo cambia y muy rápido.

No son variaciones de épocas superficiales, son tan inmensas como penetrantes, lo que nos exige avivar los pensamientos, discernir las ideas, fomentar una cultura de escucha y diálogo, de concurrencia permanente y no de confrontación, pues; cualquier modo de pensar y de vivir, debe ser considerado y respetado por toda la humanidad. Tampoco es cuestión de volvernos inhumanitarios, o de deshumanizarnos, sino de comprender y valorar la riqueza de nuestro análogo, se halle donde se halle, ya que todos, sin excepción alguna, mientras vivimos somos un factor de crecimiento.

Indudablemente las culturas, sean rurales o urbanas, son lo que son, ventanas al conocimiento de nuestra propia existencia. Quizás tengamos que renacer con un nuevo código ético, con un proceder más auténtico y racional, o tal vez, de conciencia colectiva, ya que todos necesitamos de todos. Cada uno tenemos nuestro puesto en la vida, y en esto, si que somos imprescindibles. De ahí la necesidad del encuentro y no del aislamiento. Asimismo, es indispensable remontarse al pasado para comprender, bajo su vivencial luz, la realidad presente y vislumbrar el mañana, que ya es hoy. La UNESCO acaba de destacar el papel vital de la cultura en las ciudades. De igual modo, ha de destacarse en cualquier rincón que aglutine vidas humanas, puesto que es desde esa sapiencia reconstructora como realmente se construye la convivencia humana. Porque convivir, al fin y al cabo, es hermanarse con la heterogeneidad de los lenguajes y de los sentimientos. Por otra parte, es una buena manera de ascender como ciudadanos vinculados entre sí, no olvidemos que son las relaciones con las personas lo que da sentido a nuestra propia existencia.

Pero la realidad nos desmiembra. Cuando todo parece desorientarnos, una verdadera apuesta por la conciencia colectiva, aparte de ser el mejor libro de moral, nos ha de infundir un nuevo espíritu conciliador que siempre viene bien ante la multitud de conflictos que nos acorralan. La cooperación entre culturas es primordial. En un mundo tan ahorcado por la falsedad, llegar a la verdad en base a las evidencias de las que se dispone, debiera ser abecedario universal para activar esa conciencia colectiva humanista, de toda la especie humana. Por consiguiente, no basta con tener que defenderse contra cualquier injusticia, además hemos de hacer lo posible como linaje, ya no solo para tranquilizarnos, también para dar seguridad y protección a toda vida humana. En esto reside la fuente de la verdadera conciencia colectiva humana, en poder activar la cultura del respeto y de la dignificación de toda existencia humana. Es cierto que las tecnologías de la información y las comunicaciones pueden ayudarnos a comunicarnos, pero va a ser el activo de la conciencia de cada uno el que hace que nos descubramos como somos, que nos denunciemos o nos acusemos a nosotros mismos, y de esta manera propiciemos otro mundo más humano, más de todos y de nadie, como vengo reivindicando desde hace tiempo.

Fallando la conciencia colectiva viene al caos, todo parece estar contra nosotros, nada vale y todo entra en proceso de desorden y desconcierto, como al momento presente, donde nadie se compadece por nadie, como si todo fuera una responsabilidad ajena que para nada nos concierne. La misma familia atraviesa una crisis cultural profunda. Apenas los vínculos nos dicen nada. Perdida toda sensibilidad humana, ganamos indiferencia, lo que dificulta enormemente un acuerdo para vivir armónicamente, en unión con el gusto espiritual de ser estirpe y bajo la acción coordinada de un mundo con muchos rostros, que ha de ser más habitable en comunión. Esta es la gran tarea que tenemos pendiente, sin duda. Pongamos un oído en el pueblo y el alma en el camino. No hay mejor recurso pedagógico.

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