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Amor y Control

Alex Salebe · 27 de octubre de 2017

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“En memoria de mi hermana Ivonne, en el primer año de su partida”

Una media noche de otoño, de jueves para viernes, abandonó el hospital recorriendo el laberinto del viejo edificio en busca de la salida por Urgencias, la única posible para acompañantes de enfermos a esas horas.

Minutos antes, esperando en la puerta del área de oncología a la trabajadora del centro que ejercía aquella madrugada de ‘guía de salida’, echó un vistazo al collage de imágenes y mensajes colgados en el “mural de la gratitud” dirigidos a enfermeras, enfermeros y auxiliares por la atención prestada, que por lo que expresaban, eran claramente guiños de familiares de pacientes fallecidos.

En el recorrido de esa encrucijada de pasillos, puertas y ascensores, más fría por la soledad que por la temperatura ambiente, empezó a reconstruir una y otra vez la escena de su hermana llamándolo con un escueto y lánguido “¡ven!”, tórrida invitación a sentarse en la cama a su lado mientras le seguían cayendo a toda prisa gotas de líquidos por vía intravenosa.

Utilizando la fuerza que no tenía, ella se aferró con su mano derecha a la pierna diestra de él, acompañado el gesto de otros ademanes de resignación. Sería la última expresión cariñosa que podría ofrecer a su hermano. Pasadas las dos de la tarde, trece horas después, llegó el doloroso desenlace.

Inimaginable para una familia esperanzada a pesar de su debilidad por la enfermedad y de la sucesión de procedimientos médicos practicados, entre ellos, cirugía de abdomen para biopsia.

Ingenuidad, desconocimiento o exceso de optimismo, quizá, lo cierto es que todos, ella y su familia, esperaban el inicio de un nuevo tratamiento de quimio sin pensar jamás en la proximidad del adiós. El linfome hodgkin fue imbatible.

El amor, su valentía, las ganas infinitas de superar el deterioro de su cuerpo, la ausencia de expresiones de dolor disfrazadas de molestias y el acompañamiento familiar y de allegados, alimentaban la confianza.

Dos años atrás lo había conseguido con quimio, radioterapia e inyecciones de cariño, pero esta vez, de verano a otoño, la ilusión se desvaneció rapidísimo. Al menos, piensa ahora la familia, se fue sin declarar muestras de dolor o angustia por el presentimiento de su muerte. Consuelo, puede ser, el caso es que no llegó a pisar la unidad de cuidados paliativos.

Desde días de exámenes de laboratorio, transfusiones de litros de solidaridad líquida (sangre) y administración de hierro, hasta el momento en que sobrevino la desgracia, justo cuando iba a ser operada de emergencia luego de una intensa mañana de inquietantes entradas y salidas de facultativos de varias especialidades, el tiempo apenas pasó.

Viviendo la situación particular de su hermana, él recuerda que en la sala de transfusiones y tratamientos del hospital acondicionada para pacientes oncohematológicos fue testigo de una tormenta de emociones y sentimientos. En pocos metros cuadrados vio lágrimas y sollozos de pacientes y acompañantes, palpó las muestras de tolerancia y comprensión de enfermeras que bien podrían llamarse Fe o Esperanza, también la mano tendida de psicólogos de entidades sin ánimo de lucro encargadas de atender a enfermos de cáncer y sus familias, el artista que se planta altruistamente con su guitarra en medio del trasiego silencioso de profesionales e instrumentos para llevar un poquito de alegría con versos sentidos de la nueva trova cubana, pero además pudo escuchar la frase imprudente y/o desesperada del paciente que gritaba en voz alta – si no me mata el cáncer, me mata la quimioterapia-.

Diversidad de manifestaciones de dolor, fortaleza, consideración, impotencia, rabia y amor, en horas lentas de incertidumbre que ni la lectura ni el sueño aceleran. Superar la enfermedad, aunque sea de forma transitoria, provoca muchísima felicidad, ella, él y su familia la sintieron, y recaer y no sobreponerse, la más profunda tristeza.

Su hermano, admirador del cantautor Rubén Blades, comprende ahora mejor el contenido de ‘Amor y Control’, una de sus letras sociales que alude a la maldita enfermedad. Y es que de verdad “… cuanto control y cuanto amor tiene que haber en una casa. Mucho control y mucho amor para enfrentar a la desgracia”.

Un año más tarde, el patriarca de la familia, por encima de los noventa, con achaques pero con salud envidiable, sigue sin entender - ¿por qué le pasó a una hija y no a mí que ya he vivido suficiente?- Su hijo escucha, calla e interioriza.

- Aún más incomprensibles son los recortes que sufre la investigación científica para combatir enfermedades, sobre todo, en países del llamado primer mundo que sacan pecho por su robustez económica-

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