miércoles. 24.04.2024

Por Juan Jesús Bermúdez

Si hay algún símbolo de nuestra civilización hiperindustrial, ese es el automóvil. De recientísima aparición en la Historia de la humanidad - poco más de un siglo desde que circularan los primeros vehículos propulsados por líquidos combustibles (en 1900 únicamente se contabilizaban cuatro mil vehículos en los EE.UU., que acumulaban la gran mayoría de los mismos en el Mundo) el transporte privado alcanza hoy la friolera de casi 700 millones de vehículos, con un crecimiento espectacular en las últimas décadas, si pensamos que se estima que en 1968 había unos 170 millones de vehículos en toda la Tierra. Obviamente, la distribución del parque móvil oscila desde los países occidentales ricos, más motorizados, con más de 500 vehículos por cada 1.000 habitantes, hasta la mayoría del Planeta donde la media se sitúa en torno a los 30-50 vehículos por esa cantidad de población. Esa relación de diez a uno se difumina algo en las zonas urbanas, donde ya habitan más de la mitad de los habitantes, concentrando en su seno la mayoría de los coches que hoy operan.

Aproximadamente el 30% del petróleo mundial diario se destina a mover los vehículos privados, de lejos el principal consumidor de este recurso único, que se volatiliza con cada trayecto, tras decenas o cientos de millones de años de preparación en el subsuelo para su posterior combustión diaria.

La industria del motor es una de las principales del Mundo, y el poderío económico de cada nación está hoy directamente relacionado con su capacidad de producción de vehículos, siendo que todos los países pugnan por atraer o no dejar escapar las grandes cadenas de montaje y la enorme industria auxiliar que implica fabricarlos.

La multiplicación de este modo de transporte ha definido, no únicamente sectores económicos enteros y gran cantidad de empleo, etc. sino también la forma de concebir el espacio y el tiempo: las distancias para hacer lo básico se han hecho enormes, y el tiempo para abarcar espacios inimaginables por nuestros abuelos también. El automovilista, propulsado por el combustible líquido de mayor poder energético de Historia, circula normalmente con potencias que superan los 60 y 100 caballos de vapor, una unidad de potencia que pretendió equiparar la fuerza de un equino elevando un peso de 75 kilogramos. Así pues, nuestros coches, de cientos de kilogramos de estructura, equivalen a la de descomunales cuádrigas de decenas de caballos que han permitido sentirnos poderosos jinetes durante las actuales décadas de efímera presencia del Homo sapiens automoviliensis...

El transporte privado probablemente esté llegando a su cenit de expansión histórica, aunque bien es verdad que las zonas ricas pretenderán frustar la lógica tendencia paralela al declive petrolero inevitable tras décadas de hueco creciente entre la extracción del recurso y los decrecientes descubrimientos de crudo: la práctica totalidad del parque móvil mundial está concebida para el petróleo. El intento de rescate de la sinrazón de este modelo de movilidad ya ha provocado millones de víctimas en las guerras por el crudo, y promete, si no se frusta el intento, incrementar su violencia, de forma inversamente proporcional al descenso petrolero.

Es una enorme quimera pretender sustituir este escándalo motorizado que es la movilidad privada industrial por cualquier otro combustible: es comprensible que el jinete contemporáneo olvide que hay límites planetarios, cuando cotidianamente pasa de 0 a 100 kilómetros de velocidad en pocos segundos. Simplemente es inviable sobre todo para procurar seguir creciendo, una vez somos conscientes de que la aceleración - del coche y del modelo - nos lleva a callejones de salida de futura escasez creciente. Rescatar al coche supone condenarnos aún más para el futuro, y la necesaria reconversión de este sector y el empleo que genera en actividades de preparación para un Mundo de (inevitable) menor movilidad no se debería hacer esperar.

Al rescate del coche
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